lunes, 29 de febrero de 2016

John From: la fantasía del primer amor



John From. (Portugal, 2015). Dirección: Joao Nicolau. Guion: Joao Nicolau y Mariana Ricardo. Fotografía: Mario Castanheira. Edición: Alessandro Comodin y Joao Nicolau. Música: Hugo Leitao. Reparto: Júlia Palha, Clara Riedenstein, Filipe Vargas, Leonor Silveira, Adriano Luz. 98 min. Sección Competencia Internacional.


La presencia de un filme como John From en la Competencia Internacional del FICUNAM-6 confirma que la curaduría de este festival apunta a la experimentación cinematográfica, para que el espectador descubra diferentes lenguajes cinematográficos reunidos en una atractiva programación.

Por otra parte, la inclusión del cine portugués como parte esencial de esta edición también busca acercar una filmografía reciente muy inquieta y propositiva. 

El último filme de Joao Nicolau es una historia de amor adolescente, fresca, divertida y fantástica, en la que se presenta a Rita (Júlia Palha) y su amiga Sara (Clara Riedenstein), sus sueños y códigos secretos, dos chicas de 15 años que entre música y fiestas buscan sobrellevar el aburrimiento de la vida cotidiana en un barrio que no les ofrece nada excitante.

En el caso de Rita la impasividad del tiempo a su alrededor es una cárcel para su imaginación. Pronto, la apresurada playa que fabrica en el balcón de su casa le será insuficiente y necesitará de un desafío mayor. Este vendrá desde la Melanesia, destino exótico, que además le traerá su primer amor... un hombre mayor con una hija y que es su vecino.

La atractiva puesta en escena del director hace que el filme vaya cambiando de forma, el inicio es de tipo documental, mostrando rostros, escenarios y la tranquilidad de una ciudad en el que el tiempo parece detenido, así se llegan a conocer a los personajes y sus particularidades. Cuando el atractivo Filipe entra en la vida de Rita, la película empieza a ser más ficcional, un amor loco, un amor adolescente, ese primer amor que siempre se recuerda (para bien o para mal), pero que en su momento hace que el resto de las cosas parezcan insignificantes.

La tenacidad de Rita, una maravillosa Júlia Palha en su debut cinematográfico, hace que el espectador entre pronto en sintonía con sus ocurrencias, alimentadas por el exotismo de la Melanesia. 

Color y sonido tienen una presencia fundamental en John From, el primero en su representación visual de ese micromundo portugués, mismo lugar del que son nativos los guionistas; el segundo, por su complicidad con las protagonistas: canciones populares de diferentes épocas de las que se apropian las sonrisas y el cuerpo de esas dos chicas que viven su felicidad al máximo. 

El encuadre cerrado en las escenas en interiores que refuerza el sentimiento de encarcelamiento en la protagonista, contrasta con los planos abiertos en exteriores, cuya diversidad cromática es mayor y en la que el vestuario de Rita es clave cromática para distanciarse del entorno cotidiano que le rodea. 

La música tambien sirve como contacto con el exterior para Rita, así, las melodías de la Melanesia junto con sus costumbres y tradiciones le van permitiendo conocer a su vecino, que ha fotografiado a las culturas de esas islas. 

La pasión romántica evita caer en el morbo y la manipulación voyerista, para dar lugar a la fantasía: la imaginación de Rita es cada vez más expansiva y el director resuelve mostrar esta visión sin restricciones, así, se puede ver desde un auto que se mueve sin un conductor, aves exóticas hasta una toma aérea en picada en la que se observa la ciudad tomada por una exuberancia verde y sus calles transformadas en mágicos ríos.

John From contagia con su alegría, con sus disparatadas ocurrencias, con la frescura de sus actrices, que en más de una ocasión tuvieron la libertad de corregir el guion e improvisar escenas, el resultado es un trabajo actoral muy natural, honesto, plagados de detalles como el particular sistema de comunicación de las amigas o su oráculo.

Hermoso filme que desafía los cánones, pero respetando al espectador: está filmada en un nostálgico 16 mm. Una historia sin juicios morales, con bastante humor, en la que lo sobrenatural va tomando posesión mientras que la puesta en escena va bajando el tono de luminosidad y el sonido también va disminuyendo. En este cambio el público pasa de ver a Rita mirar al vacío desde su balcón, a ser cómplices en una última escena que rompe la cuarta pared y traslada al espectador dentro de la fantasía de su protagonista.

Ícaros: un viaje mitológico hacia la paz





Ícaros. (Costa Rica, Francia, México, 2015). Dirección, guion, fotografía y edición: Pedro González-Rubio. Música: Héctor Ruiz y Raph Duna. 53 min. Sección en competencia: Ahora México.

Después de realizar Alamar (2009) e Inori (2012), el director mexicano regresa a Costa Rica donde había conocido a Marcel, un español que había dejado su país para no entrar a la milicia y en una especie de viaje iniciático llega al país centroamericano que no tiene ejército. González-Rubio conoció a Marcel y quedó maravillado con su imagen quijotesca y años después decide filmar esta historia, donde contó con la colaboración de Pacífica Grey y de Natalia Cartín.

Sin embargo, Ícaros dista de ser una película tradicional, con lógica aristotélica y tiempos marcados. El director ofrece un cine ensayo con el tema que le apasiona: la interacción entre el ser humano y la naturaleza.

Para ello se vale de una puesta en escena minimalista, sumergida en el bosque costarricense como si fuera una experiencia fenomenológica, un intento antropológico por mostrar la vida de este Quijote y de un grupo de turistas que se suman a su estilo de vida.

El realizador fue explícito en indicar que el filme no es un documental, sin embargo, la fotografía y elección de planos así lo hacen ver. En su intento por hacer un filme onírico, se pierde entre la intención y el resultado final. La película cobra otro significado cuando el director la comentó, pero esas explicaciones no son palpables en el mediometraje.

Se buscaba crear un relato mitológico y su relación con la manera en que Marcel siente la vida, para ello hay una intencional ausencia de diálogo y un manejo del tiempo del plano en el que el espectador tendrá una especie de “ceremonia de iniciación” al igual que las turistas. Tampoco hay una estructura narrativa qué seguir, se trata de diferentes momentos, unos más hermosos y oníricos que otros. Ideas sueltas que fueron saliendo al momento del rodaje y que fueron amalgamándose en el resultado final, una suerte de collage ensayístico.

Filmada con varios planos estáticos, dotados de movimientos por elementos naturales (fuego, humo, agua), la cámara sigue por momentos a los personajes desde la distancia, como si fuera un ejercicio de observación del propio director más que del espectador.

Mediante un montaje sugerente, hay algunas referencias al mundo que dejó Marcel, una mujer en una estación de trenes, con su bullicio y vida acelerada, contrasta con la paz que siente el protagonista en su hábitat natural. Este juego de espacios busca reflexionar sobre lo que no se ve en el filme: ese tránsito de un mundo a otro y sus consecuencias.

El amor que siente el director por Marcel y su historia puede gustar a cierto público, se agradece su interés estético en romper con lineamientos hegemónicos de cómo debe ser un filme, sin embargo, queda la sensación de que el ensayo quedó inconcluso, le faltó algo para conjuntar todas las piezas, en su intención por mostrar escenarios, la película queda más en una propuesta plástica y no como la historia mitológica que pretendía ser.