sábado, 9 de enero de 2016

Macbeth y la desbordante sed de poder




Título original: Macbeth
Reino Unido - Francia - EE.UU., 2015. Color
Director: Justin Kurzel
Guion: Jacob Koskoff, Michael Lesslie y Todd Louiso
Basada en la obra homónima de William Shakespeare
Cinematografía: Adam Arkapaw
Edición: Chris Dickens
Diseño de producción: Fiona Crombie
Dirección de arte: Lauren Briggs-Miller, Rebecca Milton y Marco Anton Restivo
Música: Jed Kurzel
Duración: 113 minutos


Elenco

Michael Fassbender como Macbeth
Marion Cotillard como Lady Macbeth
Paddy Considine como Banquo
Sean Harris como MacDuff
David Thewlis como Duncan
Jack Reynor como Malcolm
Scot Greenan como joven soldado
 
 
"¿Quién está a la vez lúcido y suspenso, sereno y furioso, leal e imparcial? Nadie." (Macbeth, Acto II, Escena III)
 
Cada vez que se hace una adaptación literaria al cine, surgen dos bandos: los que aceptan la nueva visión del texto original y los que aclaman por la obra en detrimento de la adaptación. Si a esto se le suma que la adaptación es de uno de los grandes clásicos de las letras universales, el panorama se complica. Sin embargo, es Shakespeare y como toda obra teatral fue escrita para ser representada y por lo tanto, repensada y resignificada.

De primera entrada la película de Kurzel deja claro desde su aspecto visual que se va a ver una épica y recuerda el aspecto teatral con un simbólico telón que se despliega verticalmente para mostrar una enrojecida pantalla.

La producción de este Macbeth es rica en detalles visuales, muchas de sus escenas acompañarán la retina por varios días, sino, semanas. Y es un gran logro el efecto que produce el filme desde su apartado artístico, transmitiendo conceptos del texto shakesperiano a través de una paleta de colores en el que la oscuridad y la luz se enfrentan, pero esta luz está teñida de tonos naranjas y rojizos, expresión de las volátiles emociones que corroen el espíritu de los protagonistas.

Macbeth trata sobre el exceso, las ansias de poder que sobrepasan la razón y la moral, la tentación de una corona y la traición para alcanzarla. Y todo ello se ve en el filme de Kurzel, sin embargo, ante tantas adaptaciones hechas, destaca la mirada del director sobre la acción.

Hay un énfasis en la mirada de los jóvenes, desde el niño que yace en el lecho mortuorio, al inicio de la película, y a quien le colocan los óbolos para su viaje al país de los muertos; pasando por el joven soldado que muere en batalla y que acompañará en espíritu al atormentado protagonista; los ojos que no entienden lo que sucede de los hijos de Macduff; o la mirada, turbia por el llanto, de Fleancio. Lady Macbeth hace su panegírico ante la mirada vacía de un hijo que ya no habita entre los vivos. 

¿Por qué esa insistencia en la mirada de los más jóvenes? Acaso para dimensionar el mundo lleno de traición, ambición y muerte de los adultos y lo que estos heredarán a las siguientes generaciones. Se encuentra acá una línea discursiva que también actualiza la obra de Shakespeare, ya no solo en el aspecto visual: los espíritus de los muertos asemejan zombies y la coloración crea un ambiente apocalíptico. También en el discuro: Macbeth cela a Banquo porque este engendrará una estirpe de reyes; Macduff encoleriza al conocer el destino de sus hijos; Lady Macbeth es humanizada y llora ante una hoguera que consume las vidas de unos niños; y entre las silenciosas brujas, hay una niña y un bebé, observadores también de lo que sus palabras han suscitado.

La película también se nutre de un imaginario que recuerda otros filmes, sea por el movimiento de cámara, la puesta en escena o esa característica del cine que no puede escapar de las comparaciones. Así, las batallas parecen salidas de las películas de Peter Jackson sobre otra obra literaria, en esta caso la de Tolkien; la coronación de Macbeth tiene un gusto a El Padrino de Coppola y, como ya se mencionó, el tinte apocalíptico-zombie que el filme adquiere por momentos bebe de varias producciones de este tipo.

De las adaptaciones al cine previas, el filme de Kurzel guarda más cercanía con el Macbeth (1948) de Orson Welles, principalmente en el montaje escénico, los desplazamientos en el campo de batalla, el uso de la niebla que encubre las intenciones oscuras y esconde a los soldados en un paraje desolador y en el apego al texto. Mientras que de Trono de sangre (1957) de Akira Kurosawa mimetiza el ritmo pausado a la vez que la acción se sucede rápidamente, es decir, el tempo es lento, aunque los hechos no tengan pausa y por lo tanto mete al espectador de lleno en la trama. De Kurosawa también se inspira para dotar al cuadro de un movimiento a partir de elementos naturales, principalmente el fuego: la conversación entre Banquo y Macbeth tras la profecía de las brujas está matizada por unas llamas en medio de ellos que anticipa lo que vendrá o las velas en la habitación de Lady Macbeth que tintinean mientras incita a su esposo al acto terrible. De la versión de Polanski, The tragedy of Macbeth (1971), hay más distancia.


Sin embargo, la valía de esta nueva versión, radica en que a pesar de tener influencias en películas previas, el trabajo conjunto entre Kurzel y su director de fotografía, Adam Arkapaw, crea un Macbeth moderno, con una fortaleza visual y temática apabullante, en el que el tratamiento de la luz y el color dotan de expresividad al filme, mientras que hay una dirección actoral más contenida, más coral, los largos soliloquios son parte de un todo, Fassbender y Cotillard tienen mayor participación, pero el resto del elenco no se les queda atrás en intensidad y todos se amalgaman a la perfección.

Los planos generales  muestran un paisaje hermoso, pero a la vez, desolado, húmedo, hostil. Con primeros planos o voz en off, el director hace que las palabras de Shakespeare cautiven como lo han hecho por siglos, mientras que con una cámara más titubeante agiliza las secuencias más violentas y con un montaje más dinámico transmite la sed de venganza y traición de los personajes.
 
Si en lo técnico, el arte visual es grandilocuente, en el aspecto musical ocurre lo contrario. La banda sonora evita opacar los imperecederos diálogos de Shakespeare. En importantes segmentos se percibe cual murmullo lejano que vaticina lo que sucederá, en otros, cobra mayor preponderancia acompañando los momentos trepidantes en combate o intensificando las emociones.

"Yo he dado el pecho y sé lo dulce que es amar al niño que amamantas; cuando estaba sonriéndome, habría podido arrancarle mi pezón de sus encías y estrellarle los sesos si lo hubiese jurado como tú has jurado esto" (Lady Macbeth, Acto I, Escena VII)
 
El cambio más significativo que se le puede encontrar a esta película es con el personaje de Lady Macbeth, la conspiradora e instigadora de los escorpiones que atormentan la mente de Macbeth, su frialdad y convicción son humanizados y Cotillard supo transmitir emociones fuertes. De igual manera, resulta más terrenal la escena en la que los Macbeth convienen en sus fatídicos planes, sexo y ambición comulgan en la misma pasión.

Cuando llega el final, es difícil creer que han pasado casi dos horas. Mediante montaje paralelo, se une nuevamente a dos jóvenes: el novel rey Malcolm y al futuro rey Fleancio; ambos guiados por una espada que carga el peso de la sangre de incontables víctimas, ambos encaminándose hacia un sol lejano que abrasa las emociones. 
 
 
 

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