miércoles, 30 de diciembre de 2015

Primero de enero: 10 días para crecer



Título original: Primero de enero. República Dominicana (2014). Color
Directora: Erika Bagnarello
Guion: Erika Bagnarello
Cinematografía: Mario Araya
Edición: Raúl Merchand Sánchez y Alberto Amieva
Diseño de producción: Rafi Mercado
Dirección de arte: Adria Mejía
Música: Usman Riaz
Productores: José Miguel Bonetti y Eduardo Najri
Duración: 85 minutos



Elenco

Víctor Pintor como Sebastián
Paula Sánchez Ferry como Laura
Ximena Duque como Carmen
Manuel Chapuseaux como el abuelo
Carlos Báez como Josué
Dominique Telemaque como Francis
Hemky Madera como Beto


Tras la realización de los documentales Luces de esperanza: Hibakusha viajando por el mundo (2009) y de Maras, ninis y malandros: una guerra no oficial (2011), la directora costarricense Érika Bagnarello presenta su primer largometraje de ficción: Primero de enero.

Se trata de un filme que transcurre durante diez días, del 23 de diciembre al mencionado inicio de año en el título. En esos días la familia de Sebastián enfrenta cambios importantes tras la separación de los padres, el joven quien no acepta la situación pronto verá que sus decisiones no son las más acertadas y en su intento por resolver los problemas que ha causado, se verá en medio de un viaje en el que le acompañarán amigos y su hermana mayor.

La historia se presenta con un estilo fabulado, en la que el protagonista atraviesa diferentes adversidades, a la vez que cuenta con amigos que le ayudan. El proceso de crecimiento y maduración del joven Sebastián es evidente, por ello el tono del filme y su moraleja. Cada acción tiene una reacción, una consecuencia, por momentos más grave que la situación que la origina, pero la trama se va organizando conforme transcurren los días; aunque el ansia de plantear una enseñanza hace que ciertas situaciones se sientan forzadas.

La cantidad de personajes y su diseño conservador impiden que haya un desarrollo profundo para cada uno, aunque la directora evita caer en la caricaturización de sus personajes. Las acciones se presentan ambivalentes, algunas poco creíbles, en las que se apela al carácter fabulado de la narración y al humor para no adentrarse en las motivaciones que las originan ni en las consecuencias; mientras que otras se perciben más naturales, principalmente las que involucran a los dos niños, el buen uso del registro del habla que emplean ayuda a esto: los insultos están acorde con la volatilidad de las emociones que van experimentando y el trato cotidiano entre jóvenes. Esto no quiere decir que todo el lenguaje sea soez, solo en momentos en que la trama lo justifica.

Visualmente el filme resulta atractivo, con una paleta de colores más brillante para las escenas en la playa, de tonos cálidos y mucha luz, que contrasta con las escenas en Santo Domingo, lugar en el que se desarrollará la aventura y el protagonista tendrá su momento de revelación. La dirección de arte saca provecho de los espacios naturales de la isla para embellecer el filme, sin caer en la estampa turística. De esta manera, el lugar natal de Sebastián resulta más atractivo en su riqueza cromática y en lo pintoresco de sus habitantes, en detrimento de la capital que se muestra más fría, distante y llena de trampas, tanto para Sebastián, su hermana Laura, el joven amigo que les acompaña y el haitiano; cada uno enfrentará alguna dificultad.

La banda sonora se siente algo cargada, hay musicalización en casi todas las escenas, lo que llega a saturar el cuadro; las canciones son mejor empleadas en momentos específicos del filme. Los sonidos diegéticos están bien amalgamados gracias a la mezcla y edición de audio, estas se realizaron en Nueva York y es de lo mejor de la película. También se agradece la buena dicción de todos los personajes y lo claro que se escuchan sus voces.

En el cine de Bagnarello no sorprende encontrar a niños actuando, desde el corto El hijo de la 40 (2009), ella ha mostrado tener tacto para la dirección de actores jóvenes. La directora indica que "siente que es más fácil trabajar con niños, siempre y cuando se haga un buen casting, tanto de los niños como de los padres"; también menciona que el cine que más le gusta es aquel cuya historia involucre niños, como Estación central (Walter Salles, 1998) o Cinema Paraíso (Giuseppe Tornatore, 1989).

Primero de enero no aspira a emular ni el filme de Salles o el de Tornatore; pero su historia tiene la cualidad de ser universal, esto le permitió poder trasladar la acción a República Dominicana, tras no poder filmar en Costa Rica. En el país caribeño encuentra a su elenco, encabezado por el joven Víctor Pintor, quien lleva el peso actoral del largometraje. Pintor es un joven carismático que fácilmente se gana al público, su padre trabaja en la indutria del cine como director, por lo que tiene experiencia de cómo comportarse en un set, esto facilitó su adaptación en el rodaje. Las ocurrencias de su personaje distraen sobre algún fallo actoral.

El montaje también ayuda a disfrazar otras actuaciones, cuando algún corte rápido hace pasar a la siguiente escena; el poco uso de primeros planos también va en esta línea, constantemente la directora coloca la cámara a cierta distancia de los personajes, usa principalmente planos medios, con los que el espectador está constantemente al tanto de la relación de los personajes con el entorno, en otras secuencias, principalmente aéreas, el cuadro se abre todavía más.

Si los niños resultan refrescantes con su accionar, no pasa lo mismo con los adultos, principalmente con la madre, quien tiene una postura corporal muy rígida y su trabajo no es fluido. En general, los adultos fungen como un medio para que la historia de los jóvenes transcurra y aunque Bagnarello muestra por encima algunas temáticas sociales: xenofobia contra los haitianos, separación de los padres, delincuencia; no se profundiza en las implicaciones que estas tienen sobre los personajes. El filme mantiene la mirada desde la óptica juvenil de Sebastián.

Primero de enero es cine agradable, entretenido, con una bella fotografía, una historia sencilla bien narrada, con algunos problemas en las actuaciones, pero cuyo tono humorístico funciona con el público al que pretende llegar. Además, permite repensar lo que se considera "cine nacional", ya que aunque tenga una bandera de exportación dominicana, la directora y parte del equipo de producción son costarricenses, nuevo ejemplo de cómo el cine expande las fronteras.



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