miércoles, 16 de diciembre de 2015

Jornadas 4, 5 y 6 del CRFIC-2015



Tras cinco días de estarnos inyectando cine directamente a través de la mirada, podemos dar testimonio que la cinefilia es una adicción difícil de superar, pero bueno, tampoco es que hagamos el intento de dejarla. Por lo que vayamos a lo que sucedió en estas dos jornadas. Por cierto, hablaré sobre la trilogía "Las mil y una noches" de Miguel Gomes después del viernes que vea "La cara que mereces", la idea es hablar de su cine de manera general.

La última película de Louie Psihoyos fue toda una grata sorpresa, entró de forma callada en el programa de este festival, pero debería ser vista de forma obligatoria en todos los centros educativos. Tras realizar el documental ganador del Oscar The cove (2009), el director aumenta el riesgo y la adrenalina con Racing Extinction. Usando el estilo de "Guerilla film", Psihoyos y su equipo plantean la película como si se tratase de un thriller de espionaje, así, vemos cómo se introducen en diferentes mercados negros y comunidades para documentar la aniquilación y genocidio de diferentes especies animales y van desarrollando sus argumentos sobre la que vendría a ser la "Sexta extinción", una ocasionada por el hombre al incrementar como nunca antes la producción de CO2. Impactante, desgarrador, crudo, realista... Racing Extinction no deja indiferente, cumple cabalmente con la intención de hacer reflexionar al espectador y Psihoyos entiende a la perfección la importancia de los medios audiovisuales en las sociedades actuales, por ello se embarca en una titánica estrategia en la que proyecta en diferentes edificios neoyorquinos las imágenes que fue recopilando, educa a la vez que impacta, y lo hace a través del cine, un medio para las masas. También entiende que el cine sirve para que los pobladores vean reflejada su realidad y a sí mismos, por eso, se ve cómo hacen una función al aire libre en Tailandia, para concientizar sobre los peligros de extinción que tienen las mantarayas y los beneficios de cambiar la caza por el turismo sostenible.

Con pesar y en silencio, mis colegas y yo fuimos saliendo del teatro... la película no es para menos. Tocaba un almuerzo con remordimiento...

Después de la maratón de seis películas terminando pasadas la una de la mañana, era momento de tomar un receso y reunir fuerzas para continuar. Así que la tarde fue tranquila y aprovechamos las cómodas instalaciones que facilitó la organización del festival en La Casa del Cuño: una pequeña cafetería, que atiende muy lento, hay que tener paciencia, pero los productos son frescos y suculentos. Hamacas para los más lúdicos y sillones gigantes para los más cansados. También hay wifi.


Lo mejor de la jornada quedó para la noche. Ver en un espacio abierto, de noche, una película en la que la cámara nunca sale de un taxi, metáfora claustrofóbica de la situación política en Irán y en particular de su director, Jafar Panahi; ha sido de lo mejor del Festival. El Oso de Oro de este año es un monumento al cine, una reflexión profunda del realizador que, tras filmar This is not a film (2011) y Pardé (2013) hace su tercera película, desafiando la sentencia que le obliga a estar 20 años sin dirigir ni escribir. Cine dentro del cine, dentro cine, ad infinitum, la vida es cine y el cine es vivir, esa parece ser la consigna de Panahi, quien declaró que prefiere estar muerto antes de dejar de filmar. Entonces, decide montarse en un taxi, pretender que es taxista, pretender que los clientes no saben que son filmados, pretender que todo es una elaboración calculada, con dardos filosos que atraviesa las censuras iraníes, pero que también es un big bang dentro de lo que significa hacer cine y cómo se entiende y analiza. Cualquier medio que sirva para grabar imágenes es capaz de convertir lo grabado en una película, con un buen guion y la desfachatez de ser original y creativo, no hay límites... Algo que también entiende Sean Baker, director de Tangerine, primera película de la historia filmada enteramente con un dispositivo móvil.

Tangerine es una película híbrida, como sus personajes, una comunidad de transexulaes que sobreviven prostituyéndose en las calles de Los Ángeles. Una visión del mundo algo pesimista que muestra un caos social, en el que los vicios atrapan a las personas; pero en todo este marasmo, surge una figura de cuento de hadas, una moderna Sin-Dee-Rella, quien no va a dejar de ser princesa o hermosa a la media noche, cuyo maquillaje y peluca no la esconden, sino que la resignifican, la transforman en el ser humano que ella ve al espejo, que su amiga Alexandra ve y comprende: hermosa secuencia al final, cuando Alexandra le da su peluca a Sin-Dee. La película también tiene una narrativa muy contemporánea, la forma en que la cámara sigue a los personajes, cómo los ve, la fotografía con alta exposición lumínica en las escenas de día en exteriores, los jump cuts que junto a la banda sonora, convierten por momentos, ciertas secuencias en videoclips. El filme también habla de la multiculturalidad, diferentes nacionalidades y creencias se cruzan entre sí, una ciudad también híbrida.

Y en sintonía con los conflictos culturales, con las migraciones y los sueños de encontrar una vida mejor, nos sorprendimos gratamente con Mediterranea (2015) de Jonás Carpignano, su primer largometraje. La historia nos conduce, cámara en mano, siguiendo los pasos de Ayiva y Abas; que viajan de Burkina Faso hacia Sicilia, atravesando Argelia y Libia. Hay mucha filmación en la noche, por momentos vemos poco, tal como un emigrante lo hace en la soledad de la noche, con su lámpara, recorriendo un lugar desconocido, con el sueño de llegar a una ciudad-mito, un país de fantasía. La cámara en mano es vital para transmitir al espectador los sentimientos conflictuados de sus protagonistas. Una vez en Italia, el sueño se derrumba, el subempleo, la xenofobia, el dolor de tener lejos a la familia, el frío y la lucha por no ser deportados, todo juega en contra de decenas de africanos que buscan un mejor lugar para vivir. Los choques culturales, la gente que ofrece ayuda y aquellos que buscan hacer daño, el conflicto en escalada que llega a un enfrentamiento campal con la policía. Parece un mundo irreal, la parte en la que el cuento de fantasía se torna triste y pone a prueba el valor del héroe, pero se trata de la realidad, no de un cuento, aún así, el director no hace el filme tan crudo y sórdido como seguramente pasa a diario en estas zonas. Para terminar con una imagen-reflexión... una secuencia en el tiempo: Ayiva en un momento ve a la hija de su empleador bailando contagiosamente por una canción, él ríe y piensa en su hija... luego, por videochat, ve a su hija disfrutar con la misma canción, su favorita dice... y podemos comprender que la felicidad no tiene fronteras, ni razas; todo lo demás viene con la avaricia, el egoísmo y el querer hacer sufrir a otro ser humano.

Con los cambios en la agenda personal, hay un rato libre para ir a ver La prenda, documental de Jean-Cosme Delaloye que denuncia los secuestros y asesinas de mujeres jóvenes en Guatemala. Sin embargo, lo interesante no pasó más allá de la sinopsis. Un trabajo muy rígido, pensado como una crónica periodística, pero que lamentablemente no pasa de ser anecdótica. Un montaje soso, y muchas secuencias que no aportan nada. El tema es muy importante y la denuncia lo es más, sin embargo, hay que pensar en hacerlo de manera más creativa y dinámica.

Estas crónicas se atrasaron unos días debido a la falta de tiempo para poder escribir, entiendan por favor, que el autor debe dormir al menos tres horas, gracias por su comprensión...

De esta manera, descansados y con energías renovadas, asumimos la sexta jornada que inicia con uno de los filmes más esperados: Margarita with a straw codirigida por Shonali Bose y Nilesh Maniyar, quienes estaban gratamente sorprendidos de ver la gran asistencia para una película de la India a las 10:15 de la mañana en un país tan remoto como Costa Rica. ¿Y qué se puede decir?, solo mencionar que entre lágrimas y aplausos el público los ovacionó...

Margarita with a straw parte de un proceso personal de duelo de la directora, quien conforma un guion muy sugerente y atrevido: la homosexulidad se ilegal en la India. Aunque no se trata de cine autor de ese país, ni de Bollywood, aunque la actriz principal proviene de esa industria; el filme transita con voz propia, filmada entre el país asiático y Nueva York, con un uso vitalista de la música y una postura en la que la figua de la mujer es fuerte, decidida, es la que toma las decisiones y lucha por sus sueños. Madre e hija son dos luchadoras infatigables, sin importar sus padecimientos o condiciones. Se agradece que la perspectiva filmada sea desde la joven con parálisis, evitando caer en el melodrama y la revictimización, por el contrario, la discapacidad está en la mente de quienes le rodean, unos más abiertos y receptivos a ver a un ser humano, con sentimientos y deseos como cualquiera, otros, ven a una joven en una silla de ruedas y asumen que probablemente necesita ayuda. La energía del filme y su tema, hace que se pasen de lado ciertos pasajes que caen en lo redundante o el cliché. Sin embargo, la gran actuación de Kalki Koechlin atrapa al espectador desde el inicio. El subtexto de bisexulidad también está bien llevado, escenas filmadas con gran tino y cuidado, sin ofender a nadie, y mostrando ese carácter onírico y fantasioso de la primera relación sexual. Si por los aplausos se puede sacar una conclusión, es que este filme es uno de los favoritos para llevarse el Premio del Público.

Es hora de almorzar y rehidratarse, no he hablado del clima que ha habido durante el festival. El sol y las altas temperaturas han sido la constante, y parece que estuviésemos en enero y no en diciembre, se extrañan los vientos silbantes. Debido a esto, hay que tomar mucho líquido, agua principalmente en el día, en la noche ya queda a la creatividad de cada quien...

Un cambio en el horario de la sección de formación del Festival, me permite asistir a la charla con Diego García, director de fotografía, entre otras, de Cemetery of splendor. Una buena experiencia, llevó material que compartió con el público y resultó muy instructivo. El punto negativo fue la falta de ventilación del lugar, el calor era insoportable.

Sin tiempo para otra sesión de rehidratación, ya hay que trasladarse para ver La tierra y la sombra de César Augusto Acevedo. Sin dudas, una de las joyas de este festival. Cámara de Oro en Cannes, la película está filmada meticulosamente, con generosos planos secuencias y travellings que muestran un mundo particular, en el que unas cuantas personas son testigos de la devastación de su tierra. Rostros marcados por el trabajo, sucios, llenos de cansancio y recuerdos; un verde que engaña a la mirada, no es reflejo de exhuberancia, sino del monocultivo de la caña que ha venido a destruir la zona, empobreciendo y esclavizando a sus habitantes. La película se centra en un núcleo familiar conformado por cinco personas, el otrora patriarca ha estado ausente por 17 años y regresa para cuidar de su hijo enfermo, ahora la casa es administradas por las mujeres, la madre envejecida, pero que no claudica ante las circunstancias y la esposa que acepta la voluntad de su pareja enferma de quedarse en esa tierra que ya no les ofrece nada, principalmente a su hijo. Cada secuencia parece ser un Tableau vivant, en el que los personajes cobran vida y se movilizan en ese cuadro de connotaciones plásticas, en el que la luz natural y el claroscuro se revelan imponentes sobre la imagen total. Esta cualidad pictórica no es casualidad, sino producto de la influencia de la obra de Andrew Wyeth.

Después de salir extasiado con el filme colombiano, fue el turno de El hijo de Saúl, de László Nemes y queda un sabor amargo... La película muestra la vida de unos prisioneros de guerra que tienen la labor de quemar los cuerpos de su propia gente. Aunque todo esto sea una excusa para hacer un brillante ejercicio técnico de filmanción. Nemes demuestra tener una maestría para sumergir al espectador desde lo técnico en la historia, principalmente por el uso de planos secuencias con gran cantidad de extras, labor muy difícil y que les debió llevar muchos ensayos; el punto focal mayoritariamente es sobre los hombros del protagonista, por lo que vemos más su nuca que su rostro, la cámara en mano provoca al espectador, buscando hacerlo partícipe de la situación de caos y apremio que viven los personajes. El realizador también conduce la mirada del espectador, por ejemplo con la relación de aspecto que tiene el filme. Sin embargo, la historia en sí cansa, no hay mucho más allá, tanto se ha filmado sobre el holocausto y sus consecuencias, sobre el genocidio, la tortura, que este filme no aporta a lo ya hecho. Un hombre siente un afecto por un niño desconocido, pero al que defenderá como su padre, el niño está ya muerto, solo le quiere dar sepultura, la idea de compasión es obvia, pero también la de querer hacer algo significativo con su vida, antes del final. Para ello, el vaivén de acciones no cesa, los planos secuencias se suceden, el ritmo empieza a ser más apremiante, pero al final... se ha visto una historia común, filmada de manera muy sugestiva y valiosa.

Las últimas dos jornadas finalizaron con sesiones de cortometrajes, pero de ellos hablaremos en otra ocasión.



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