viernes, 18 de diciembre de 2015

Jornada 8 del CRFIC-2015



Al amanecer del noveno día, el Festival empieza a despedirse, quedan todavía buenas películas para ver y durante la noche la clausura indicará quiénes obtendrán reconocimientos; aunque más allá de ser un ganador, todos disfrutamos de este festival y su transgresora propuesta.

La jornada 8 fue del altibajos, iniciamos con el filme salvadoreño Malacrianza de Arturo Menéndez, pero la desilusión fue total, de los peores filmes que se exhibieron en el festival. Un trasfondo de crisis social que toca temas de pobreza, drogradicción y una relación amorosa, sin embargo, el filme es tímido en mostrar todo eso y se brinca procesos internos, es decir, no hay una construcción ni de la historia ni de los personajes, por lo que todo se siente atropellado, que las acciones se suceden sin tino. 

Por cuestiones de horario no nos pudimos quedar al conversatorio y tuvimos que correr para poder llegar a No soy valiente, largometraje documental de Cristóbal Serrá Jorquera. Es un trabajo personal, el propio realizador es el personaje, y el argumento sigue su peregrinaje de Costa Rica a Chile, luego a Barcelona y de regreso al país sudamericano. A modo de ejercicio estético y usando el cine como terapia, Serrá va contando su vida, la culminación de una relación sentimental y el surgimiento de otra, sus dudas y la relación con sus familiares. La película es un proceso orgánico a la que le falta una perspectiva externa, el director está tan sumergido en sí mismo que lo que relata llega a ser, por momentos, de poco interés. También se sienten dos momentos, la mayor parte hay una rigidez en el tratamiento de la historia y en el desarrollo de las acciones, la puesta en escena resulta muy elaborada como para creer que el documental es espontáneo, al contrario, hay toda una serie de decisiones que van desde el lugar en el que se encuentra la cámara, hasta el montaje, lo que se quedó afuera y la construcción del relato; mientras que las secuencias en Barcelona son más libres, más naturales. Este documental y su inclusión en una sección competitiva en el Festival, puede abrir puertas a que sigamos viendo este tipo de material en próximas ediciones, cineastas quienes en vez de ver hacia afuera, dirigen su cámara hacia su propio interior, utilizando su vida a manera de ficción para decir algo, la cámara como extensión del sí mismo, no es algo novedoso, claro está, pero sí para un cine costarricense que sigue explorando diferentes caminos. Queda la sensación de que estuvimos presentes en el momento en que se abrió una nueva puerta en la producción nacional... ¿quién será el próximo en cruzarla?

Sin tiempo para más, hay que agarrar la mochila y volver a correr para llegar a tiempo a The look of silence de Joshua Oppenheimer, vibrante documental que nos cuenta el asesinato de un hombre y los intentos de su hermano de hacer justicia. En su anterior trabajo, The act of killing, Oppenheimer se dejó llevar por todo lo que implicó el genocidio en Indonesia, resultó una obra expansiva, que tocaba muchas aristas; en cambio, el hilo conductor en este nuevo trabajo, es más contenido, más riguroso, la cámara no se despega del protagonista y su familia, y explora a través de la mirada el cinismo de unos genocidas que disfrutan recordando sus matanzas y continúan creyendo fervientemente que hicieron lo correcto. El silencio es el común denominador para los agresores y los sobrevivientes, una nube que cubre la historia, la oculta y pretende hacer creer que nada sucedió. Es entonces cuando un hombre quiere quitarle la miopía a la ciudad, al país, y va de casa en casa ofreciendo lentes para que puedan ver mejor, en el proceso, sus preguntas buscan hablar de un pasado que todos acordaron olvidar. Mucho se puede hablar sobre las decisiones éticas del director al mostrar rostros e historias que no sabremos si tendrán repercusiones, por lo pronto, de acuerdo a lo presentado en sus dos documentales, pareciera que el velo que esconde el genocidio seguirá presente en Indonesia.

Después de tres películas seguidas en poco más de cuatro horas, es momento de descansar. Medité repetir La tierra y la sombra, película que me maravilló y que seguramente volveré a ver; por lo pronto era momento de descansar y prepararse para la sesión nocturna, así que la idea de un café se convirtió en cerveza artesanal después de encontrarse con unos amigos y conocidos y el cambio de ruta nos lleva a una casa convertida en bar, con una amplia oferta de cerveza artesanal... 

Para la noche, los murmullos entre amigos no paran, una de las películas más esperadas del festival: Cemetery of splendor de Apichatpong Weerasethakul, por primera vez en el país se verá en una sala su cine. Es difícil hablar de esta película, el carácter onírico del cine del tailandés se apropia también del espectador, quien experimenta la película como parte de un sueño colectivo. La historia nos muestra a una serie de soldados que padecen una extraña enfermedad, la enfermera que los cuida y una misteriosa mujer con poderes. Weerasethakul también hace una referencia al otro cine, al comercial, aquel que llena taquillas en cualquier país; vemos a unas personas de espaldas, frente a ellos (y también frente a nosotros), una pantalla de cine, cuya parte superior es recortada por el encuadre, se trata de un filme de acción-fantasía, una serie de imágenes rápidas, extraños bichos, saltos coreografiados; cuando esa otra película termina, la cámara ahora nos muestra a los espectadores, quienes se levantan y permanecen en silencio, hipnotizados por las imágenes vacías, huecas de sentido: toda una declaración de principios. Todo menos hueco es el cine de Apichatpong. En Cemetery... la realidad y el ensueño son uno solo: en una escena una mujer reza a unas diosas, en otra, estas se le aparecen; en el fondo, una sociedad tailandesa yace adormilada, entumecida, mientras que Weerasethakul escarba en el imaginario social, de ahí la referencia a la escavadora y toda la tierra que va removiendo, imágenes puntuales a lo largo del filme que culminan en una maravillosa secuencia, con unos niños jugando con la pelota en medio de montículos de tierra. Nota aparte merece la puesta en escena y la exhuberante fotografía de Diego García, quien en esta ocasión además de trabajar con luz natual, también usa luces neón para crear ese particular universo del hospital, camas, soldados conectados a unos extraños tubos que cambian de color y generan una propuesta plástica hermosa, hipnótica y sumergen en el ensueño al espectador.

Tras una jornada bipolar, la película de Weerasethakul nos confirma que debido a la falta de sueño durante este Festival, las carreras y la sobredosis de cine, es necesario ir a descansar y prepararse para el último día y conocer los ganadores.



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