jueves, 17 de diciembre de 2015

Jornada 7 del CRFIC-2015



Como anticipábamos, la jornada siete del festival fue de las más intensas y gratificantes. La mañana inicia con la agradable película chilena La once, de Maite Alberdi, quien filma por cuatro años a un grupo de señoras que se reúnen a tomar el té y comer suculentos platillos desde que salieron del colegio, hace sesenta años... Mucho tiempo sí, pero estas señoras no han perdido nada de carisma, sus historias son divertidas y de cierta manera, sirven para conocer cierto modo de pensar de una generación chilena. Ha sido de las películas que el público más ha disfrutado y un día antes se anunció que va a competir por el Goya. Política, ideología, sexualidad, enviudar, enfermedad, muerte, ningún tema es tabú para estas mujeres, sus personalidades bien diferentes tampoco les impiden planear con entusiasmo cada viaje y reunión. Excelente forma de empezar el día.

Después de descansar un rato en los cómodos espacios en la Casa del Cuño, contestar correos, recoger la invitación del evento de clausura y tratar de dormir algo... al menos veinte minutos, es hora de la siguiente película. Por cierto, no fue posible dormir, los mensajes al Facebook, al correo, al celular, son muchos, pero es gratificante saber que mucha gente está conectada con este festival y quieren saber qué película ver.

Tras la decepción de La prenda, había incertidumbre por El cuarto de los huesos, de Marcela Zamora; sin embargo la directora, graduada de San Antonio de Los Baños, logra interesar al público por los hechos retratados con un montaje sobrio y movimientos de cámara que conducen al espectador desde una fosa común, al llamado Cuarto de los huesos, lugar en el que se acumulan los restos de centenares de personas que no han sido identificados. La violencia en El Salvador ha venido incrementándose en las últimas décadas, y en la actualidad hay más muertes por pandillas de las que hubo en tiempos de la guerra. De sumo interés fue el conversatorio con la directora y conocer las decisiones éticas que tomó para proteger la identidad de las mujeres entrevistadas, dado que el solo hecho de verle el rostro es sentencia de muerte. Un documental que no cae en la sensiblería, evita la revictimización y deja muchas preguntas sobre lo que está sucediendo en ese país; definitivamente más personas en Costa Rica deberían de verlo.

Mi gran deuda con este festival será no haber podido ver Hong Kong Trilogy de Christopher Doyle, fueron muchas horas de deliberación, pero al final me decanté por Te prometo anarquía de Julio Hernández Cordón. Al finalizar el filme mexicano, no puede estar más complacido, ha sido de mis grandes favoritas de este festival. Unas horas después una amiga me comenta la genialidad del filme de Doyle y me vuelvo a sentir mal por no haberlo visto. 

Julio promete anarquía y lo cumple con creces. Todo festival necesita una película insignia, que la separe del resto, sea por contenido o forma, en esta edición, puede que las dos películas que marquen esa distancia sean Te prometo anarquía y Tangerine. En las calles de México D.F. una nueva tribu toma las calles, en 1950 eran dominio del Jaibo, en la monumental Los olvidados de Luis Buñuel, pero en el contexto actual, los nuevos anárquicos andan en patineta, no tienen un destino, solo necesitan moverse, trasladarse de un lugar a otro, de una droga a otra, de una persona a otra, de una vagina a un ano, de un país a otro. Filmada con extraordiarios planos secuencias, el director nos va mostrando una ciudad en la que se trafica sangre, un grupo de jóvenes consiguen las "vacas" para "ordeñarlas" y así se mantienen, no estudian, no trabajan, solo patinan. Pero en ocasiones, la anarquía es pasajera, solo un estado de ánimo y no una convicción, y cuando surgen problemas, la diferencia de clases sociales marcará un destino diferente para los personajes, eso sí, la secuencia final deja todo abierto, la imaginación, el deseo y lo onírico se conjugan en una película que no busca hacer una crítica social, ni ser tomada como un testamento de intenciones, sino que disfrutemos una historia de amor entre dos chicos y sus problemas de drogas.

Con la mente dándole vueltas al filme de Cordón, hay que despejarse unos minutos... la siguiente función ya va a empezar. Antes, mencionar el tremendo llenazo que hubo en Te prometo anarquía, y al parecer las sensaciones fueron muy favorables, las personas seguían comentando la película, seguramente muchos la repetirán, yo, ya quiero saber cuándo saldrá a la venta para mi colección.

De la violencia sostenida, merodeadora del filme mexicano, pasamos a Granny's dancing on the table, de Hanna Sköld, en el que la violencia te pega directo y te desfigura el rostro. De corte biográfico, el filme sueco es un retrato de la vida de abuso y violencia doméstica que sufre una adolescente, Eini, que vive retirada junto a su padre en una casa en las montañas. A través del recurso del stop motion, ella narra en voz en off la historia familiar, de cómo su abuela tenía una hermana, Lucía, quien fue la que crió a su padre, mientras que la verdadera madre fue víctima del repudio y abandonó la casa. La precaria situación familiar y la constante insatisfacción entre Lucía y su esposo, llevan a este a empezar a golpear al niño y a Lucía. Mientras los años pasan, otros embarazos se dan y el padre de la protagonista ahora es un adolescente. Todo esto sirve para evidenciar el proceso de violencia de esta familia. Luego es el padre quien finalmente conoce a una joven que entrega cartas y tienen una hija: Eini. El círculo de violencia se va heredando y la presencia de Lucía y las cartas que manda la abuela son testimonios de un mundo exótico y peligroso. Bajo esa consigna, Eini crece creyendo que ella es peligrosa, por lo que su padre la castiga cruelmente. Una película-catarsis que viene a demostrar un cine escandinavo de crítica social, en el que se muestran historias que no suelen salir en los noticiarios. También es un cine que posiciona a la mujer y la reinvindica ante una sociedad que la violenta. En este caso la carga sexual es fuerte, mujeres deseosas de conocer y explorar sus cuerpos, frente a las inseguridades masculinas que devienen en agresiones.

Tras quedar impactado con el testimonio de la productora de la película sueca y cómo cuenta detalles de la vida de la directora, quien sufrió de violencia doméstica y escapó de su casa a los 17 años; la siguiente función no iba a aligerar el estado de tensión...

Eso sí, antes, el desfile de disfraces y camisetas de Star Wars, presagiaba lo que se va a convertir el espacio cinéfilo en estos días... un ayuno fílmico ante la avalancha hegemónica del marketing del imperio del ratón.

Una vez que me fue posible pasar por la masa geek, tengo una sensación de pesar al ver la pobre asistencia a Chronic de Michel Franco, ganadora a mejor guion en Cannes. Con su acostumbrado ritmo, el director va entretejiendo una trama que hipnotiza desde el comienzo, la clave es mantener al espectador con la incógnita del protagonista, un hombre que acecha a una mujer, que busca en un perfil de facebook a otra y que baña a una tercera... El actor Tim Roth hace una interpretación contenida, con un rigor de movimientos y gestos que desesperan, no se sabe si sus cuidados a sus pacientes son genuinos, tiernos o patológicos. El cine de Franco gira en torno a la violencia, pero no la explícita, si en Después de Lucía (2012) está el tema del duelo y el bullying, en Chronic hay un subtexto que se significa en el cuerpo: diferentes enfermedades que incapacitan a las personas, las evidencias del deterioro se visualizan en sus cuerpos y en medio de esto, un enfermero con sus propios problemas busca dar sentido a su vida. Al fondo, una sociedad que no vemos, la cámara no se detiene en ella, es solo un contexto abstracto en el que ocurren estas situaciones. El final, al igual que en su filme anterior, es sorpresivo, impactante.




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