jueves, 29 de octubre de 2015

Pacha: camino al infinito



Después de un paso, antes de un paso, un paso.” Pacha

Gabriel González-Vega*
gabriel.gonzalez.vega@una.ac.cr

La notable muestra del Festival de Cine Latinoamericano de Vancouver, preparada con la colaboración del destacado cineasta nacional Jurgen Ureña, que hace un tiempo ofreció el Cine Magaly, ese sabroso espacio nostálgico consagrado al 7º arte que tanto nos complace, trajo, entre varios filmes notables como “Nada” y “La jaula de oro”, una joya que nos extasió durante el sorprendente viaje por sus ubérrimos senderos, la película boliviana Pacha, del mejicano Héctor Ferreiro (1977), que estudió en Cuba, laboró en Chile y Bolivia y estrenó su ópera prima con una ovación en mi añorado Festival de Cine de Berlín. 

Cuenta de un niño limpiabotas (un convincente Limber Calle hace de Tito), al que le roban un zapato, y luego su cajita (su hogar, como un molusco; adornado con una calcomanía del persistente rostro de El Che), los que trata de recuperar durante la insurrección indígena contra el gobierno de Sánchez de Lozada en el 2003, la Guerra del gas. Por cierto, sobre la Guerra del agua, en Cochabamba, la cineasta española Iciar Bollain plasmó otra mirada desde afuera en asocio local, También la lluvia, muy reconocida.

Con interpretaciones muy acertadas, el colorido relato se nutre del realismo social –con tomas documentales-, y de creadores como el neorrealista italiano Vittorio De Sica y los latinoamericanos Leonardo Favio, el Buñuel de Los olvidados, Víctor Gaviria (La vendedora de rosas), Héctor Babenco (Pixote, la ley del más fuerte) y Fernando Meiralles (Ciudad de Dios). Mas Pacha, relato circular, se centra en el chico, ajeno éste a la miseria como concepto; con la represión y los levantamientos en un país llagado por la injusticia centenaria (étnica, de clase) y la confrontación violenta como telones de fondo. Él es un espectador pasivo frente al torbellino que lo envuelve y finalmente lo liquida. De antología es la inocencia con que los pibes futbolean en la Plaza Murillo, donde también se juega el destino de un país al que no le basta ser un paisaje, como se lee en un grafiti (recurso reiterado en la obra, con otros como “pueblo despierta”); balón que les arrebata un energúmeno que protesta (los autoritarismos hierven por doquier). Ese sagaz uso del fútbol, ingenuo y rebelde a la vez, destaca también en la entrañable saga colombiana Los colores de la montaña (que visionamos con su director Carlos Arbelaez en Cinépolis) y en la genial Timbuctú, de Abderrahmane Sissako que vimos en el último Festival de Cine Europeo en el Magaly.

La mirada sagaz de Pacha se empeña en los pies, descalzos cuando bendicen la tierra espléndida en el salar (Uyuni), en el camino inca (Yungas), en la armonía con esa Madre Tierra que todo lo provee; pero que codician unas tenis malditas por el egoísmo y abuso que representan. Una manera indirecta, a lo Wim Wenders, de revelar lo esencial. Tito pasa constantemente del sueño a la vigilia, entre la vida y la muerte, y se pasea por los pliegues del espacio tiempo con naturalidad y hondura, descrito con poesía aimara: viajamos siempre solos acompañados todos juntos.

La fotografía (Juan Pablo Urioste) y la música (Gustavo Basanta), ingeniosas y deslumbrantes, van de la ciudad abigarrada a la majestad del altiplano y su belleza esencial; el filme nos bautiza en  la visión indígena del pensamiento complejo y nos urge a recrear la mecánica cuántica para comprender un mundo que desafía el paradigma posmoderno. Él recoge un Cristo de papel y sangre, que el inocente redefine ave, un ave surgida de sus entrañas en preciosa animación que es viento que mueve el sol; que interroga sin cesar en cambio constante; nosotros lo vemos sumergidos en una cascada de sensaciones e ideas que podríamos hilar ad infinitum, como en la espiral de los créditos, un caracol que como en El origen (Christopher Nolan) descubre lo impensable. Cine que es filosofía en su más pura acepción, sin que renuncie a su condición epicúrea, de diálogo y de ágape de leche y miel.
  
Una mujer misteriosa (la proteica Ericka Andía), sea como indigente que se alimenta de insectos en las calles sucias, o elegante dama de fino vestido dorado y coqueto borsalino, aparece y desaparece en su peregrinaje, maestra de un camino que solo él puede trazar. Un tao (Lao Tse) que es responsabilidad de cada uno, en un filme que con sus imágenes icónicas sobreimpuestas como la masacre mutua de Irak, el desafío de Tien’anmen, el grito (Edvard Munch/Huynh Cong 'Nick' Ut) de Viet Nam yel pasamontañas zapatista –como el de esos niños de la calle de La Paz- cruza de lo particular a lo universal. “En el camino al inicio y al destino puede que solo los separe un paso.”

La disfruté poco tiempo después de haberme extasiado en Bolivia con la fascinante Ivy Maraey/Tierra sin mal, de Juan Carlos Valdivia, que mucho tienen en común además de su nacionalidad. Pienso y siento que Pacha es una de las películas más bellas y valiosas que haya visto y la recomiendo a todo el mundo con inmenso entusiasmo. ¡Qué maravilla que la exhiban en Costa Rica! (Hoy jueves 29 de octubre, a las 6:30 p.m., en el Auditorio de Derecho de la Universidad de Costa Rica, entrada gratuita).

*Este artículo se basa en uno que había publicado en el periódico Campus de la Universidad Nacional donde ejerzo la Crítica de Cine con la sección La vida de los otros.



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