lunes, 15 de junio de 2015

Cine de animación. Del Oscar a Annecy






Cuando en el 2001, en la 74ª ceremonia de los Oscar, con la creación de una categoría para los largometrajes de animación, se podía auspiciar un futuro prometedor para el cine de animación como expresión artística proveniente de la industria del cine más importante a nivel mundial. Sin embargo, catorce años después, una mirada atenta a esta categoría revela la falta de visión de los encargados y el triste reduccionismo que sufre el cine de animación bajo el mensaje hegemónico de Hollywood.

Desde entonces, cincuenta y cuatro filmes han optado por la estatuilla dorada, catorce de ellos la han obtenido; pero solo dos, de todos los nominados, han tenido una clasificación mayor a PG[1]: Persepolis (PG13) y Chico & Rita (sin clasificar, pero cuyas escenas de desnudos y uso de alcohol le darían una clasificación de R). Cinco filmes ganadores tienen clasificación de PG y el resto son aptos para todas las audiencias. Y en este último dato puede estar la clave para que hayan ganado. Se trata de películas que cualquier niño puede ver o lo puede hacer acompañado por un adulto (PG). Queda implícito que la categoría del Oscar a mejor película de animación premia películas familiares e infantiles, ese es el criterio que inclina la balanza, incluso para obtener una nominación, dejando de lado el contenido o la elaboración artística.

En el mismo periodo, en 14 ediciones del Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy[2], se han premiado dos películas con clasificación R como las mejores del festival: Mutant Aliens de Bill Plymton y Renaissance de Christian Volckman. Además, otros seis filmes se alzaron con el máximo reconocimiento, estos no han sido clasificados en EE.UU. por la Motion Picture Association of America (MPAA), pero por su contenido tendrían una clasificación mínima de PG13. Estas películas son: The District! de Áron Gauder; Free Jimmy de Christopher Nielsen; Mary and Max de Adam Elliot; The Rabbi’s Cat de Antoine Delesvaux y Joann Sfar; Crulic: The path to beyond de Anca Damian y Rio 2096: A story of love and fury de Luiz Bolognesi.

En esas 14 ediciones, cuatro películas estadounidenses se han alzado con el Cristal de Annecy a mejor película, pero de ellas solo dos estuvieron nominadas en los Oscar y ninguna ganó. Se tratan de Mutant Aliens de Bill Plympton[3], Sita sings the blues de Nina Paley, Coraline de Henry Selick[4] y Fantastix Mr. Fox de Wes Anderson.

Otras nueve películas estuvieron seleccionadas para el Festival, de las cuales solo ParaNorman estuvo nominada al Oscar. Destaca la ausencia del director estadounidense de cine de animación más reconocido a nivel mundial, Bill Plymton, quien solo ha tenido dos nominaciones al Oscar por cortometrajes (Your face, 1988 y Guard dog, 2005); mientras su trabajo ha sido reconocido en Annecy, Cannes, Fantasporto, Sitges, Hiroshima, Ottawa, Toronto, entre otros festivales.

Otro factor que se desprende de las nominaciones por parte de la Academia, es que reducen las películas de animación a las que están hechas por computadora, con lo que apoyan a los grandes estudios y los filmes más taquilleros, pero se olvidan de los trabajos artesanales y contribuyen a volver elitista la categoría. Como promoción artística, los Oscar no ayudan a mostrar al mundo otras técnicas de animación.

Doce de las ganadoras a mejor película de animación han sido creaciones computarizadas, solo una ha ganado con la técnica de stop-motion (Wallace & Gromit: The curse of the Were-Rabbit) y una a través de animación tradicional (Spirit away).

Si se revisa al resto de nominadas se encuentra que 15 fueron realizados con animación tradicional, 7 con stop-motion, 1 con combinación de CGI y animación tradicional y 17 por animación computarizada.

Por su parte, durante la misma época, el Festival de Annecy premió 3 películas hechas con animación tradicional, 3 por medio del stop-motion, 3 por animación computarizada y 6 que usaron técnicas mixtas, entre ellas, animación flash, de recorte y acción real.[5]

Resulta más que evidente la predilección de la Academia estadounidense por los filmes a base de animación por computadora.


La historia también evidencia que no hay mucha competencia para Disney en la categoría. Curiosamente de las 14 ediciones, 9 han ido a parar a manos de la multimillonaria compañía, ya sea como productos propios o por su alianza comercial con Pixar o recientemente con Marvel Studios.

El resto de galardones se los reparten Estudios Ghibli con 1, Dreamworks con 2, uno de ellos en sociedad con Aardman Animation; la alianza entre Warner Bros. Pictures y Village Roadshow Pictures cuentan con uno y, finalmente, una coproducción de la Paramount, Nickelodeon, GK Films y Blind Wink también tiene uno.

Es comprensible que el estudio más grande de animación en el mundo dicte cuál es la tendencia en el país en el que se encuentra, siendo el Oscar un escaparate para extender su influencia hegemónica y dar validez a sus películas. Sin embargo, como se viene analizando, el Oscar a la mejor película de animación no es el mejor ejemplo de equidad ni tampoco de diversidad artística, por lo tanto, se entiende que las producciones independientes casi no sean tomadas en cuenta, tampoco aquellos trabajos que están destinados a un público más maduro o que usen diferentes técnicas de animación.

Por ejemplo, solo un filme de habla no inglesa ha ganado la categoría, Spirit Away (2001) de Hayao Miyazaki, el director japonés es también quien más nominaciones tiene, tres en total, igual que Chris Sanders, pero él no ha ganado ninguna estatuilla. Mientras que otras nueve películas han estado nominadas, muchas de ellas de mejor calidad artística y técnica que la que resultó ganadora.

Estas películas son: Les triplettes de Belleville y L’illusionniste de Sylvain Chomet; Howl’s moving castle y The wind rises de Hayao Miyazaki; Persepolis de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud; Une vie de chat de Jean-Loup Felicioli y Alain Gagnol; Chico & Rita de Fernando Trueba; Ernest et Célestine de Stéphane Aubier, Vincent Patar y Benjamin Renner; y The tale of the Princess Kaguya de Isao Takahata.

Francia y Japón han tenido la mayor cantidad de nominaciones, mientras que España ha tenido una. También hay que mencionar que el documental israelita de animación[6] Waltz with Bashir estuvo nominado en la categoría de largometraje documental.

Se podría argumentar cómo es que Sylvain Chomet no tiene dos Oscar por dos de las más hermosas películas de animación que se hayan filmado, pero compitió contra Disney y su maquinaria publicitaria. Mejor que no se nomine cine arte de animación que se atreve a narrar con la ausencia casi total de diálogos, al fin y al cabo, es mejor una tierna historia que emocione a la familia, y mejor si está hecha por computadora y tenga el logo de Disney. Les triplettes of Belleville y L’illusionniste, perdieron frente a Finding Nemo y Toy Story 3, respectivamente.

También se puede analizar cómo es posible que Persepolis, filme que es una exhortación a las luchas femeninas en las sociedades patriarcales, narrada bajo la mirada de una inocente niña que va madurando y creciendo en el marco de las luchas sociopolíticas de Irán y el choque cultural que vive en Occidente. Pero la Academia otorgó el Oscar a Ratatouille, la historia de un ratoncito que cocina y ayuda a un torpe aprendiz a salvar su trabajo y enamorar a una chica (obvio una chica), final feliz y fácil de digerir, la familia puede ver la película y comprar un combo para que los niños jueguen con la figura del animalito.

No hay quien falte y levante la voz diciendo que Toy Story o Ratatouille tienen mejor técnica de animación, sin embargo, ¿habrán visto la perfección de L’illusionniste en cada cuadro? O la maravillosa técnica de Miyazaki en The wind rises, en la que filma un biopic que perfectamente pudo haber sido un filme de acción real.

No se trata de que le den el Oscar a un filme extranjero y no a uno hecho por Disney, se trata de que reconozcan el mejor trabajo. La Academia tampoco quiso reconocer el excelente filme How to train your dragon, de las pocas películas estadounidenses no sexistas, que intercambia los roles de género y así, el hombre es descrito desde los sentimientos y la mujer desde la fortaleza y agilidad física. O en el caso de Coraline un ambicioso trabajo en stop-motion que contó con un director de fotografía, algo que no tuvo necesidad Up porque fue hecha por computadora. Pero claro, en Up la gente salía llorando del cine; es muy emotiva, de hecho es una gran película, pero para decir que es la mejor, hay que tener más que un buen guion. Todo eso no importa, porque la Academia solo ha premiado en toda su historia a una película de horror o suspenso como Mejor Película: The silence of the lambs (Jonathan Demme, 1991). Entonces ¿para qué pensar que Coraline merecía ganar?

Y si de técnica se trata, en las últimas dos ediciones, estuvieron nominadas dos bellas películas hechas con animación tradicional y dibujadas a mano en acuarelas. Ernest et Célestine, que obtuvo una Mención Especial en la Quincena de los Directores en el Festival de Cannes, y The tale of the Princess Kaguya, filme de apertura de la última edición del Festival de Annecy y que sirvió para otorgarle a Isao Takahata un reconocimiento por su trayectoria. La película también estuvo seleccionada en la Quincena de los Directores en la última edición de Cannes.


El filme de Takahata está basado en “La historia del cortador de bambú”, uno de los textos más antiguos que se conservan del Japón, datado alrededor del siglo X, que corresponde al periodo Heian. Es una historia que ha sido llevada al cine de acción real o de animación en varias oportunidades. Sin embargo, Takahata y el coguionista Riko Sakaguchi le dan una variante, mientras que el relato originalmente tiene un trasfondo de venganza en su última parte, la princesa al verse ofendida por el Emperador empieza a acumular cólera para castigar a los habitantes de la Tierra y de esta manera se explica que el Monte Fuji pasara de ser una montaña a ser un volcán, teniendo como resultado que cada erupción corresponde a un arrebato de cólera de Kaguya. 

En la versión más reciente, se elimina la parte de la venganza y en su lugar, Takahata le da más énfasis al empoderamiento femenino, a los vínculos familiares y a la transitoriedad de la vida, un proceso constante de cambio, a la vez que critica al patriarcado. Estos temas son una constante de los Estudios Ghibli, que se han caracterizado por su cine humanista.

Pero The tale of the Princess Kaguya no es solo una linda historia. En el cine de animación, el trazo adquiere una relevancia fundamental para expresar conceptos estéticos, igual los fondos, la paleta de colores y la originalidad del diseño artístico. Por eso cuando se ve el filme de Takahata no se puede más que maravillarse de la excelencia del mismo.

Mediante dibujos en acuarela, el director parte del minimalismo pictórico para ir creciendo en detalles, lo emocional cobra una mayor relevancia mientras el argumento avanza y la película despliega, a través de una gran narrativa, una serie de elementos que mezclan lo fantástico-mitológico con una descripción más realista del drama de la princesa.

El filme está divido en cuatro partes, enfatizando el aspecto de cambio al relacionar la estructura del relato con las estaciones del año. El cambio también lo escuchamos en la letra de la canción que recurrentemente cantan los protagonistas. Cada segmento tiene un color predominante: el verde de la naturaleza, el gris que acentúa el conflicto con el cambio de domicilio, el rojo que refleja las emociones y el blanco que simboliza la pureza de las acciones. Pero el trazo también va cambiando según lo que vive la protagonista. En un determinado momento, el filme alcanza un nivel artístico conceptual superlativo, la joven Kaguya se siente encerrada en la mansión y ante el acoso de los pretendientes (que recuerda a ‘La Odisea’ de Homero) corre dejando todo atrás, la música enfatiza el crescendo emocional, mientras el trazo se vuelve más grueso, más abstracto, reflejo del caos interno que experimenta la protagonista, quien busca retornar a su hogar de la infancia ante la silenciosa luna como testigo.

Esa maestría para presentar, elaborar y resolver el conflicto no la tiene Big Hero 6, la ganadora al Oscar de este año. La producción de Disney es agradable visualmente, no es una mala película, pero desaprovechó el profundizar más en la tragedia del protagonista y después de la media hora se convierte en un producto más de superhéroes, la trama sigue una sola dirección,  llena de efectos visuales, referencias a cómics e incluso a la cultura pop japonesa, no hay vinculaciones con la tradición literaria como en Kaguya, sino a los mechas. Big Hero 6 de seguro venderá más juguetes y objetos con la imagen de Baymax, pero difícilmente será recordada por su excelencia artística.

Estéticamente The tale of the Princess Kaguya es una obra de arte, es la conjunción de técnicas de dibujo, de animación, de narrativa, cinematográficas y musicales. Con planos que recuerdan a lo mejor de Ozu o Mizoguchi, es una oda al cine japonés, pero no es nacionalista, es una película para que la disfruten desde niños a adultos mayores de cualquier país. Con una banda sonora que resalta la belleza de la imagen, obra de Joe Hisaishi, asiduo colaborador de Hayao Miyazaki y quien compuso la banda sonora del filme ganador al Oscar de Mejor Película Extranjera, Departures (Yôjirô Takita, 2008).

Mientras que el cine de animación de otros países desarrolla una estética más personal y original, que se adecúe a la historia, ejemplo de ello lo podemos ver en otras nominadas al Oscar: The secret of Kells, Song of the sea, Chico & Rita, The Boxtrolls, Ernest et Célestine, entre otras; la falta de diversidad estética en Disney es alarmante. No para la productora, pues sigue generando ganancias, sino para el espectador que ve cómo un personaje se repite en su diseño película tras película, dejando de lado el interés artístico y solo concentrándose en que el argumento resulte agradable.

Disney hace películas para vender productos derivados de las mismas y mantener una ideología, pero no para educar artísticamente al público, ni para contemplar su cine por la imagen. Suelen mostrar superficialmente a los personajes y se concentran en atraer la mirada hacia los efectos visuales, las persecuciones, los gags cómicos y los momentos tiernos de manipulación emocional; gratas excepciones resultaron ser Wall-E y Up. Pero Big Hero 6 y la gran mayoría, incluyendo otras ganadoras al Oscar de otras compañías como Shrek y Rango, siguen la misma fórmula que se aprecia en las producciones hegemónicas hollywoodenses. Socializan al espectador con un cine de atracciones, mas no con uno en la que la conjunción estética y cinematográfica permitan un crecimiento y enriquecimiento vital para el espectador.

Las consecuencias en términos de industria del monopolio del cine de animación hecho por computadora y con temáticas simples dirigidas para un público infantil, se evidencian en la carencia de ese otro cine en salas comerciales, no se puede disfrutar de películas de animación con temáticas maduras y profundas, y con técnicas cinematográficas más depuradas en pantalla grande, salvo que se descarguen, se compren, se alquilen o haya alguna proyección especial de algún cineclub o universidad.

Entonces, ¿no sería mejor si la Academia decide que para la categoría de animación solo concursen películas estadounidenses? ¿Qué tal si se crea una categoría: Oscar a la mejor película de animación de habla no inglesa? Habría muchas candidatas, incluso podría darse el caso, como ocurre con los filmes de acción real, cuyas seleccionadas suelen tener mayores méritos artísticos y cinematográficos que aquellas que compiten por el Oscar principal, así se ahorraría tener que explicar cómo un Oscar a mejor película de animación no representa más que la miopía de los miembros de la Academia.
 


[1] Desde 1990 el sistema de clasificación de la Motion Picture Association of America es: G (general audiences), cualquiera puede ver el contenido. PG (parental guidance), algún material puede no ser apropiado para niños. PG-13, se advierte que hay contenido no apropiado para menores de 13 años; R (restricted), menores de 17 deben ser acompañados por un adulto y NC-17, se prohíbe la entrada de menores.
[2] Fundado en 1960 en la ciudad de Annecy, Francia, es el festival de animación más importante a nivel mundial. Uno de los cuatro Festivales Internacionales de Cine de Animación que patrocina la Asociación de Cine Internacional de Animación, fundada también en 1960 en Annecy Francia. Los otros son: el Festival Internacional de Cine de Animación de Ottawa; el Festival Internacional de Animación de Hiroshima y el Festival Mundial de Cine de Animación de Zagreb.
[3] Bill Plympton ganó también en 1998 con ‘I married a strange person!’
[4] Henry Selick ganó también en 1997 con ‘James and the giant peach’
[5] En el año 2009, el festival dio el Cristal a dos filmes en stop motion: Coraline y Mary y Max
[6] En realidad es una coproducción entre Israel, Alemania, Francia, EE.UU., Finlandia, Suiza, Bélgica y Australia.


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