domingo, 1 de junio de 2014

Los comulgantes





Título original: Nattvardsgästerna. Suecia (1963). B/N
Director: Ingmar Bergman
Guion: Ingmar Bergman
Cinematografía: Sven Nykvist
Montaje: Ulla Ryghe
Duración: 81 minutos

Elenco:

Gunnar Björnstrand como Pastor Tomas Ericsson
Ingrid Thulin como Märta Lundberg
Max von Sydow como Jonas Persson
Gunnel Lindblom como Karin Persson



La segunda película de la trilogía sobre la comunicación y la crisis de fe ante la angustia existencial es uno de los trabajos más íntimos del director sueco, lo que ya es mucho decir teniendo en cuenta que en sus filmes siempre se encuentran temas biográficos. Rodada al año siguiente de estrenada "Como en un espejo", se presentó en febrero de 1963 y la tercera parte, "El silencio", llegó a cines en octubre de ese mismo año. La traducción literal del sueco sería "Los comulgantes", pero se le conoce en América como "Luz de invierno".

Bergman cuenta sobre el antecedente (1959) que inspiró el filme “my wife and I went to say hello to the pastor who had married us. On the way, in the village shop, we saw his wife talking very seriously to a schoolgirl. When we reached the vicarage, the pastor told us that this little girl’s father had just committed suicide. The pastor had had several conversations with him earlier, but to no avail”. El argumento central viene de esa anécdota a la que Bergman supo acompañar con una disertación sobre la crisis de fe. Otras fuentes de inspiración fueron "La sinfonía de los salmos" de Igor Stravinski y la obra teatral del propio Bergman "El día termina temprano", en la que un pastor no tiene la suficiente fe para enfrentar el miedo a la muerte.

La película comienza de la misma forma que la anterior, con una pantalla de fondo negro y vemos los créditos con letra blanca, solo cambia la musicalización, en vez de Bach, acá escuchamos las campanas que avisan la misa. Los hechos transcurren en pocas horas, el intervalo entre el fin de la misa de la mañana y el comienzo de otra en un pueblo vecino en horas de la tarde.

Bergman continúa con su intención de "reducir" al máximo la información, pocos personajes, poca escenografía. No tiene los detalles barrocos y pintorescos de sus filmes de los 50, al contrario, sigue un camino estricto con la cámara, una procesión particular que requiere la total atención del espectador, el ritmo pausado homologa la actitud ante la comunión, el tono serio y sobrio. Los silencios son vitales para el desarrollo de la historia, el realizador logra comunicar y representar una idea a partir del silencio, los salones vacíos de la iglesia representan la soledad interna del protagonista, un pastor luterano que atraviesa una crisis de fe. Una brillante actuación de Gunnar Björnstrand nos conmueve por su duda, pero a la vez nos causa repulsión por su actitud. Toda la trilogía está influenciada por la relación del director con su esposa Käbi Laretei, especialmente en lo que se refiere al gusto por la música de cámara. Así como en una representación musical, el sonido lo es todo; en el filme, el silencio lo comunica todo.


El uso de primeros planos hace que se experimente la película como algo tortuoso, el espectador no tiene escape, no puede mirar para otro lado, da la sensación de que la pantalla se convierte en un confesionario y la presencia de personajes abatidos por las vicisitudes nos transmite el mismo hastío del que ellos tratan de escapar. Incluso, en una secuencia la maestra Märta (Ingrid Thulin) habla directamente hacia la cámara, es decir, a nosotros. Lee una carta que le entregó a Tomas, una descarga sobre todo lo que siente.

La congregación es reflejo de su pastor y en esta analogía tenemos a Jonas (Max von Sydow) un pescador deprimido que no encuentra el alivio a sus pesares, cuando lee una noticia sobre la fabricación de bombas en China ya no tiene consuelo. No es casual que se haga una alusión a la guerra, en el contexto histórico, la década de los sesenta del siglo XX fue muy convulsa por la Guerra Fría y la amenaza constante de una guerra nuclear, ¿acaso será la forma en la que Bergman expone su preocupación al respecto? Ante la angustia del comulgante su confesor no encuentra respuestas y termina por causarle mayor pesar: "Verás, no soy muy bueno como clérigo. Deposité mi fe en una imagen improbable de un dios paternal, uno que amaba a la humanidad, claro, pero sobre todo a mí".

En un momento bastante cínico el pastor indica que no cree en dios, luego le comunica a Märta que se ha liberado. En otro pasaje, increpa a la maestra diciéndole todo lo que aborrece de ella, pero al final le pide que lo acompañe. La duda y la culpa conviven en cuerpo y alma del pastor, sus tribulaciones han hecho que no crea en su trabajo ni en su dios: "El silencio de dios. No hay nada que diga dios. ¡Dios no existe! Es tan simple como eso".


La atmósfera y ambientación del filme están acorde con el carácter perturbado, solitario y depresivo del protagonista. El clima frío, la nieve, las ramas sin follaje marcan los escenarios exteriores, sitios tan inhóspitos como las bancas de la iglesia. En una escena clave, vemos a Tomas hablar con la policía, pero no les escuchamos, el sonido del viento lo impide, al fondo un río corre veloz, llevando consigo la responsabilidad del pastor. El tono solitario de los parajes resuenan como eco del "silencio de dios", así como del sentimiento depresivo que comparten los personajes. Las tomas en interiores, en su mayoría de diferentes salones de la iglesia, comparten la austeridad con la que Bergman filmó la trilogía. Las paredes lisas, los cuadros y efigies que parecen ridículos ante la mirada de los fieles, el propio pastor así lo indica, ya no le significan nada. La imagen de Cristo es la de un ser abatido, penitente, crucificado y con un rostro de lamento, reflejo cual espejo de Tomas.

"Que el señor voltee su rostro hacia ustedes y les dé paz" (Los comulgantes, Ingmar Bergman, 1963)

Bergman cuenta en su autobiografía que recorrió muchas iglesias tratando de encontrar el final de la película, se sentaba en las bancas por horas, hasta que un día le pidió a su padre que le acompañase a un servicio, mientras esperaban que terminase el servicio de comunión, alguien se les acercó e indicó que el pastor no podía dar la misa porque se sentía muy enfermo. El padre de Bergman, un pastor luterano, ofreció su ayuda para asistir a su colega, por lo que la misa se pudo llevar a cabo. Esto sirvió a Bergman descubrir y entender el final de "Los comulgantes", así lo narró: "I was given the end of Winter Light and the codification of a rule I have always followed and was to follow from then on: Irrespective of everything, you will hold your Communion. It is important to the churchgoer, but even more important to you”.

La relación entre "Como en un espejo" y "Los comulgantes" queda bien establecida cuando el organista se burla de los sermones del pastor, le dice a Märta que el amor ya no alcanza. Recuérdese que en el final de "Como en un espejo", el padre (David) le dice a su hijo (Minus) que la prueba de la existencia de dios está en el amor, de cualquier tipo, pero eso ya no es suficiente, un mundo de guerra, de muerte, de cansancio hace que al ser humano le falte la fe, creer en dios es cada vez más difícil, sino imposible, en el filme anterior era una araña-monstruo, acá es una ausencia, dios no responde ante la realidad, por eso quienes comulgan son cada vez menos.


Tomas, dubitativo por su relación con Märta, depresivo porque siente que su dios le ha abandonado, carga la culpa de haberle fallado a Jonas. Minutos antes de oficiar la misa, el sacristán le explica la conclusión que llegó tras leer los evangelios, indica que la penitencia de Jesús no fue el castigo físico, sino el sentirse abandonado por sus discípulos, ellos tras años de acompañarle nunca entendieron su mensaje, le fallaron; mientras el sacristán habla, la cámara nos muestra la cara rígida, entrecejo fruncido y la mirada penitente de Tomas, él también ha fallado... Decide dar misa aunque sólo estén presentes el sacristán, el organista y Märta, la iglesia vacía se consume por el silencioso ritual.

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