lunes, 26 de mayo de 2014

Pacha: espacio y tiempo son un solo




Título original: Pacha. Bolivia-México (2011). Color
Director: Héctor Ferreiro Dávila
Guion: Héctor Ferreiro Dávila
Cinematografía: Juan Pablo Urioste
Montaje: Héctor Ferreiro Dávila
Dirección de arte: Ángelo Valverde
Grabación de sonido: Henry Unzueta
Diseño de sonido: Miguel Blando, Ramsés Gómez y Daniel Bargach
Música: Gustavo Basanta, Pedro Rumelfanger y Daniel Bargach
Duración: 88 minutos

Elenco:

Límber Calle como el niño
Erika Andia como la mujer

Premios:

Berlinale, sección Generación KPlus: Oso de Cristal a la mejor película


De acuerdo a los productores “Pacha es un viaje poético en busca de respuestas a los enigmas de la vida, explorar la analogía entre la revolución social y el descubrimiento personal. La naturaleza es entendida en su dimensión espiritual y se usa como base para cuestionar el comportamiento humano”.

Se puede agregar, además, que es un excelente ejemplo de cómo es posible hacer cine experimental en latinoamérica de alta calidad. El cine latinoamericano tiene una rica historia, ha ido evolucionando y desarrollándose desde una faceta comercial a otra de autor, cultivando diferentes géneros cinematográficos y proponiendo un lenguaje particular que se alimenta de su vasta cultura.

Pacha hace referencia a la Madre Tierra, Pachamama, ese lugar que da vida y recibe vida, de la cual el ser humano recibe lo que necesita para sobrevivir. En ese mismo contexto y dentro de la filosofía indígena, el espacio y el tiempo no son divisibles. El filme no es una expresión de realismo mágico, en todo caso, está más cercano al surrealismo por la factura visual que tiene. Se trata de la expresión de la filosofía indígena.

Pacha, es la historia de un chico de la calle, interpretado por el joven de 12 años Límber Calle, que trabaja como lustrabotas. Desde el inicio se confunde la realidad con lo onírico, aunque también puede interpretarse como un plano metafísico en el que pasado, presente y futuro se encuentran unidos en una sola consciencia, en este caso representada por ese pequeño lustrabotas que inicia su peregrinaje en busca de su caja de trabajo, que de forma testimoniosa lleva una etiqueta del Che Guevara (quien fue ejecutado en Bolivia).


En el transcurso de su viaje, el joven irá descubriendo una realidad que le es ajena, para esto necesita la ayuda de dos guías. Un hombre que le hace un par de sandalias y que posteriormente le da de beber leche con miel, y una mujer que se le aparece de diferentes formas: como una mendiga, una indígena -con su vestimenta tradicional-, y como una enfermera. Ambos personajes no tienen nombre porque representan arquetipos, lo mismo con el niño.

Mientras que la inocencia y el desconocimiento es representado por un joven, el camino hacia la sabiduría es representado por adultos, ella, como manifestación física de Pacha, le asiste como guía por las maravillas del universo, adoptando la forma necesaria para comunicarse. Para Carl Jung, el arquetipo de mujer tiene diferentes facetas, puede ser una madre protectora, una guía, la anciana sabia, pero también una devoradora -en un sentido narcisita, es decir, el otro no existe si no es para mí-, o una madre que cuida en exceso a sus hijos.

En la película, las manifestaciones del arquetipo son de orden armonioso, la mujer, interpretada por Erika Andía, está para guiar al joven por el camino del conocimiento. Ella indica que para recorrer el camino hay que tener una noción de hacia dónde se va, algo similar a lo que Simone de Beauvoir manifestó sobre la libertad, diciendo que esta solo es real si se tiene conocimiento hacia qué va dirigida. Para hacer un recorrido no se necesita un camino, lo que se necesita es un lugar hacia el cuál dirigirse, no importa si no se tiene conocimiento del mismo al comenzar el viaje. Eso lo aprende el muchacho a lo largo de su recorrido.

Por su parte, el hombre le hace ver al joven que para realizar el trayecto necesita despojarse de lo innecesario, un pensamiento muy holístico. El lustrabotas primero pierde sus zapatos, para luego recibir del hombre unas sandalias, un cambio de calzado simbólico: para ir a un lugar no es necesario el calzado, ni ningún otro accesorio, Pachamama proveerá lo indispensable, lo único que se requiere es la voluntad para emprender el viaje. Por eso, en otra escena vemos que el joven deja un calzado deportivo que había robado.

Parece ser que la intención del director mexicano es mostrar una visión armoniosa de la vida y quiere reflejarla en su película, lo difícil fue encontrar un lenguaje narrativo para transmitir esa idea. Héctor Ferreiro aprovecha el aspecto lúdico-onírico del cine para ello, cambiando de escenarios de la misma manera en que se cambia una situación mientras se sueña, no hay un orden lógico, no tiene que existirlo. Como le dice la señora al muchacho: "Todo lo que te he dicho ha pasado de generación en generación, si no has entendido algo hoy, algún día lo harás"; eso aplica también para el espectador.


En su búsqueda por representar las maravillas del universo, la cámara nos lleva por hermosos paisajes del altiplano boliviano, entre las locaciones naturales destacan La Paz, Yungas, Sajama y el Salar de Uyuni. Es posible que algunos sientan estas escenas como una guía turística, pero para otros, además de disfrutar los increíbles escenarios, verán en los mismos la continuación de ese mensaje de ser uno con el universo, de integrarse a la Pacha.

Mientras que las imágenes surrealistas nos llevan en el camino del lustrabotas, otras, de corte realista nos muestran un aspecto más cruel de la sociedad boliviana -reflejo de una situación mundial-. Con imágenes de archivo, el director intercala hechos violentos que enfrentó a la sociedad civil que protestaba por defender sus derechos contra las fuerzas de seguridad del gobierno de entonces (año 2003). El ser humano no se puede aislar de su entorno, de su contexto y, en este caso, el joven experimenta tanto la guerra en las calles como el paraíso metafísico: la escena en la que recorre con gran alegría una playa mientras que el agua acaricia sus pies (Bolivia no tiene salida al mar).


Técnicamente, Pacha es un filme muy bien ejecutado, la fotografía de Juan Pablo Urioste es magnífica, permite contemplar los espléndidos paisajes, pero también hay que resaltar el gran trabajo para unificar en color y textura grabaciones previas, hechas con otras cámaras y con otros fines; con las tomas de la película, no se siente esa diferencia y cuando el joven camina por las calles en medio de los actos vandálicos, la edición y fotografía son extraordinarios para unir los dos momentos.

Otro aspecto de vital relevancia para el filme es su banda sonora, se escucha constantemente un instrumento de viento, característico de esa zona que funge como catalizador de lo onírico, como si se tratara de un mantra y permitiese que el espectador entre en un estado de relajación y contemple la película. Ante la ausencia de diálogo en gran parte del metraje, la música cumple la función narrativa, marcando las pautas, es algo muy difícil de hacer, pero da la sensación de comprender -o al menos intuir- el significado de Pacha mientras se escucha ese mantra.

Si se trata de una alucinación, un sueño o fue una experiencia verdadera para ese chico, queda a la interpretación del espectador. Sin embargo, es llamativa la estructura en espiral que tiene el filme, situaciones que regresan y se viven otra vez, se llega a un lugar al mismo tiempo en que se empieza el viaje; la espiral permite pasar cerca de un momento (conjunción espacio-tiempo) al que previamente se llegó, pero al hacerlo ya no se es igual, en el intervalo que trancurrió para hacer el recorrido se sumaron experiencias que harán que no se contemple de la misma manera los hechos.

Avance de la película:


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