miércoles, 11 de mayo de 2011

La chica del puente


Ficha técnica:

Título original: La fille sur le pont. Francia (1999)
Director: Patrice Leconte
Guión: Serge Frydman
Productor: Christian Fechner
Cinematografía: Jean-Marie Dreujou
Montaje: Joëlle Hache
Intérpretes: Daniel Auteuil, Vanessa Paradis


Primero que nada agradecer a todas las personas que se han acercado al ciclo La Locura de Vivir, me alegra ver cómo responden a una oferta cultural. También agradecer a todas las personas que han hecho este ciclo posible.



La chica del puente es una película imperecedera, tal vez sea por su fotografía a blanco y negro, o por su estilizado guión que refleja los matices de la vida humana; en fin, vale la pena tenerla en la colección. Es una película que te atrapa, que te permite viajar y reflexionar.

El nivel de la actuación es superlativo, una de las mejores interpretaciones de Auteuil (quien recibió el premio César por su actuación) que he visto y Vanessa Paradise no se queda atrás. Supo darle un matiz especial a su papel, una inocencia fundamental para la verosimilitud de la trama, además de mostrar la angustia como para considerar que la vida ya no vale la pena. Auteuil, por su parte, logra hacer gala de sus dotes histriónicas, pasando del humor negro al drama con suma facilidad, convenciendo al espectador de su ritmo de vida a lo gitano. Ambos logran confabularse para hacer una historia romántica con la que fácilmente podemos identificarnos. 

Y esta es una de las claves de la película. Logramos identificarnos con la historia, más allá del matiz cómico surrealista que tiene; nos identificamos porque sentimos a los actores reales, dentro de sus vicisitudes podemos hacer paralelismos con la vida propia, porque la vida de todos tiene ese algo de sinsentido que nos obliga a tomarnos con buen humor cualquier infortunio para no volvernos locos. Cualquiera puede conocer, en el día menos esperado, a esa persona que lo cambia todo, por quien saltaríamos al Sena a rescatar nuestra desesperanza. A quien le arrojaríamos cuchillos para hacer excitante la relación.

El erotismo presente en la película es una obra maestra, la capacidad del director (Patrice Leconte) de retratar ese nivel de la pasión humana, de la pasión entre la pareja es digna de alabar; porque no cae en el patetismo, no recurre a desnudos gratuitos, no se va por la toma fácil ni pide a los actores “parecer” bonitos ante el lente. Por el contrario, extrapola el oficio de lanzar cuchillos como una metáfora del acto sexual, como un reflejo de lo desenfrenado, riesgoso, atrevido, placentero y desinhibido del sexo. La pasión no puede ser encasillada o estructurada, perdería todo sentido; la característica única del ser humano de expresarse mediante la pasión está visible en la película, en cada toma. 

La idea de un espectáculo circense es una alegoría de la vida, un caminar por los variopintos senderos con que nos encontramos a diario, en donde bien podemos lanzar cuchillos, como contorsionarnos por dinero; donde apostamos todo a un número de ruleta como si fuese a cambiarnos la existencia, sin percatarnos que a diario nos jugamos la vida en cada acto que hacemos, en cada decisión, que la vida no está predeterminada, ni dependemos del destino o de un dios, sino que cada día hacemos nuestra fortuna, nos fabricamos la suerte.

Estas cavilaciones las viven los protagonistas, ella, una adicta al sexo que busca compulsivamente satisfacer a los hombres, especialmente a los que considera que están tristes o enfermos; un alma libre que vaga y divaga por la vida. Él, negándose a afrontar sus emociones, ocultándose tras su trabajo, ciego ante la vida, como lo muestra la fotografía en la que un haz de luz atraviesa su rostro, justo en medio de los ojos, antes de arrojar los cuchillos; también en el simbolismo del estar vendado. Es un hombre que cierra sus ojos ante la vida, pero por temor; poco a poco se despojará de sus ataduras.

La tesis de la película no consiste en que no se puede vivir sin alguien; sino, como dice Gabor, el protagonista: “se puede vivir sin brazos, sin piernas, sin cuchillos, sin ti… pero no sería lo mismo”. La vida consiste en reconocer esos detalles que marcan la diferencia. Vivir sin estructuras, ser más orgánico, más volitivo, tener un guión en blanco ante la vida. 

El guionista de la película, Serge Frydman, nos permite sumergirnos en estos temas gracias a un trabajo en el que prima la simpleza de las acciones en los contextos más angustiantes de la vida humana, el enfrentarse a los miedos personales, del querer suicidarse a involucrarse sentimentalmente con alguien, de no poner excusas, como lo dice Adèle, la protagonista: “siempre vas a encontrar un cuchillo para lanzarme”, haciendo referencia a aquello que constituye un nexo en una relación.

La iluminación y la fotografía de la película son impecables, juegan con el espectador, mostrando detalles de la vida como si se tratase de un collage. El hecho de estar filmada en blanco y negro le da un aire atemporal a la película, sin embargo, sentimos el colorido de las acciones, de los personajes, es un contrasentido, pero es cierto, es un logro artístico increíble. Vemos el metraje en bicolor, pero sentimos todos los contrastes cromáticos en las vidas de los personajes. Ellos no están en blanco y negro, no son buenos o malos; son seres humanos llenos de vicisitudes, contratiempos, deseos e ideas; y esto nunca es blanco y negro.

El resto de personajes son reflejo de distintos elementos de la condición humana, parecen estar siempre expectantes a algo, obstinados de la rutina, pero presas de la misma. Sea aquel viejo en el hospital que está acostumbrado a preguntar “¿De qué puente vienen?” y no por el nombre; o el matrimonio greco-romano, pintoresca asociación con el estilo de lucha del mismo nombre. Son personajes atormentados por la rutina, quienes buscan librarse de ella: unos saltan de un puente, otros se casan; otros se vuelven espectáculo circense.

La música es un complemento espectacular en la película. Está llena de vitalidad, nos lleva de la nostalgia a la algarabía, como el director nos lleva de Italia a Turquía, de puente en puente, de la muerte a la vida. La música es un reflejo del estado interior de los personajes, especialmente en las escenas en que Gabor arroja los cuchillos, no es casualidad la canción en esas escenas.

Es llamativo cómo los oficios son parte esencial en la filmografía de Leconte; aquí es el trabajo de lanzador de cuchillos (que pasados los 40 es una cuestión de pulso), y en el resto de su filmografía destacan peluqueros, profesores, gánsteres, sastres o coleccionistas de arte, entre otros. Esto es particularmente llamativo, porque ubica la acción alrededor del oficio, permitiendo tener un nexo emocional con el personaje más fuerte, una identificación mayor, no es aquél personaje que es imposible de alcanzar, típico de las películas gringas de Hollywood, en este caso el actor que esté de moda es el encargado de interpretar un papel insulso. En la chica del puente no ocurre eso, ni en el resto de la filmografía de Leconte; sus personajes y sus historias las sentimos reales, ayuda el tipo de actores que escoge, en este caso Auteuil es magnífico a la par de Paradis; ambos reflejan una verosimilitud en pantalla extraordinaria. Por ejemplo, en esa complicidad que mediante un recurso surrealista nos presenta a los personajes comunicándose entre sí aunque no estén en el mismo lugar, alegoría de la confianza y conocimiento que sólo la intimidad puede dar, en el que se sabe lo que la otra persona está pensando o sintiendo.

Al final, solo queda la inquietud de saber por cuáles puentes estamos atravesando, o si estamos a punto de lanzarnos de uno; metáfora de la vida humana, que nos muestra el devenir de la existencia a través de los actos que hacemos, de las personas que conocemos y de las decisiones que tomamos a diario.



3 comentarios:

  1. Sus comentarios son muy atinados y sabios. Esta película es una excelente metáfora de la vida. Tiene tres escenas que llamaron mucho mi atención: la inicial (véanla, no se vale contar), en la que la chica explica el porqué de su "búsqueda" de hombres para amar, y la escena de lanzamiento de cuchillos en el barco, en la cual se muestra la espectación morbosa de los pasajeros, en contraste con la angustia trepidante de los compañeros. En sí la película es una joya que refleja muy acertadamente, el circo de la vida.

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  2. A mí me parece una fantasía romantica y no es que eso sea malo, tal vez es que tengo una visión muy cínica de las relaciones de pareja y la película peca de optimista en ese sentido, algo ironico ya que sus protagonistas son un par de suicidas.

    Lo que más me gusto es la fotografia a Blanco y Negro y la dirección es muy buena. Los personajes son interesantes, mi favorito es Gabor ya que apesar de su cinismo, el personaje tiene un carisma que te atrapa y me gusta como su relación con Adele evoluciona de ser algo paternalista a un romance gracias a la química que desarrolla con la chica.

    El monólogo de Adele me parece una forma interesante de empezar la película, esta chica es una idealista, un espíritu libre que se enamora con facilidad y siente que apesar de sus intenciones su suerte no es la mejor.

    En fin, es una pelicula que ciertamente uno puede recomendar, en especial a los romanticos sin remedio, pero los cinicos amargados como yo definitivamente la vamos a ver como una fantasia, no como un drama realista sobre las relaciones de pareja. Si buscan algo asi les recomiendo Las Muñecas Rusas de Cédric Klapisch.

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  3. el poder apreciar tanto el guion, los espacios, la arquitectura tanto humana como emocional de la cinta y ademas montar un ciclo con peliculas que tienen en comun esas particularidades es una LOCURA DE VIVIR. felicitaciones hombre

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