jueves, 12 de mayo de 2016

Entonces nosotros. Una soledad de dos en compañía





 

Dirección y guion: Hernán Jiménez
Productores: Chris Cole y Laura Ávila-Tacsan
Dirección de fotografía: Ben Hardwick
Edición: Hernán Jiménez
Dirección de arte: Carolina Lett
Música: Mark Orton
Elenco: Hernán Jiménez, Noelia Castaño, Marina Glezer





Con su tercer largometraje Hernán Jiménez evidencia una mejoría tanto en el guion como en la puesta en escena. Lo hace con una comedia, género que le viene bien tras su exitoso paso en el stand up comedy.

La historia narra la complicada relación de pareja de Diego (Hernán Jiménez) y Sofía (Noelia Castaño), que tras tres años juntos enfrentan dificultades, principalmente por las inseguridades de Diego. En un intento para avivar la relación deciden hacer un viaje a la playa, sin embargo, la situación se complica debido a revelaciones ocultas y a un tercer personaje, Malena (Marina Glezer), que expone a la pareja con su realidad.

El viaje hacia la naturaleza, en este caso la playa de Santa Teresa en el Pacífico, es una idea que se sigue repitiendo en el cine costarricense y en especial en el de Jiménez, la  fuga del citadino con la esperanza de “limpiarse” de las impurezas urbanas: en A ojos cerrados (2010), nieta y abuelo van a la playa para completar el luto por la abuela que ha muerto. Y en El regreso (2012), el protagonista tiene su idílico romance con una amiga de la juventud en una zona rodeada de árboles, lejos de la ciudad y la familia que le sofocan.

Aunque no es una historia novedosa, el filme está bien hilvanado, con un montaje diferente a las películas anteriores del director. Hernán también se encarga de la edición y le da mayor agilidad en las secuencias y transiciones de escenas con un ritmo que fluye con naturalidad.

El personaje de Diego es neurótico, inseguro, con problemas de confianza, quiere a su novia, pero sus miedos le vencen. Habla de forma rápida, es dicharachero y muy gestual al expresarse. Si esta descripción recuerda a cierto neoyorquino con anteojos, no es coincidencia.

El humor es el acostumbrado por Hernán, pero se percibe que hay algo de realidad en esa ficción y por momentos personaje y persona se confunden, eso afecta la actuación de Jiménez que parece estar haciendo un performance.

La gran revelación del filme es la argentina Noelia Castaño. Sofía es su primer protagónico y es quien da el balance en la historia, su personaje está mejor diseñado y con su carisma le da más credibilidad. El filme difícilmente sería lo mismo con otra actriz.

En tanto, Marina Glezer es el catalizador de las acciones. A esta actriz se le recuerda por sus trabajos en Valentín (Alejandro Agresti, 2002), El polaquito (Juan Carlos Desanzo, 2003) o Roma (Adolfo Aristarain, 2004), entre otros. Mientras Sofía es más contenida, Malena es explosiva, aunque su aparición temprana evita un mayor desarrollo del conflicto de los protagonistas.

Ambas argentinas le aportan un carácter diferente al filme que le viene bien al cine nacional y le servirá para su proyección internacional, gracias a que el humor funciona de manera general y no de forma regional como lo han hecho otras películas costarricenses.

La película tiene una atmósfera relajada y familiar debido a la iluminación cálida, la dirección de arte que opta por decorados hogareños: habitaciones con libros, almohadones, fotografías; y el diseño de vestuario acorde con las locaciones y que en ocasiones potencia lo cómico en el personaje de Diego. Un detalle que resulta algo molesto es la contínua explotación de la imagen de un patrocinador, que recurrentemente aparece en varios planos y estéticamente resta a la composición.

La fotografía preciosista desentona con el registro del habla: si los personajes se muestran naturales en sus expresiones, dichos, vocabulario y forma de ser, no ocurre lo mismo a nivel visual, con un acabado final que opta por un halo que baña cada escena, probablemente para acercar el filme al público.

En cambio, la banda sonora de Mark Orton, compositor de Nebraska (Alexander Payne, 2013) se siente como una segunda piel de la acción, acompaña cada escena, cada giro y le imprime el sello justo según se trate de una situación dramática o cómica.

Friedrich Nietzsche dijo que “el matrimonio es una soledad de dos en compañía”. En Entonces nosotros, la pareja ya tiene tres años viviendo en unión libre, son otros tiempos, aunque la soledad de la que hablaba el filósofo alemán se percibe.

La falta de madurez del protagonista empieza a desestabilizar la relación, su soledad le conduce al miedo y este a los celos. Esta situación merma la confianza de Sofía, empieza a vivir con más intensidad su particular soledad.

La pareja como núcleo argumental es otro tema favorito del cine nacional, con la particularidad de que varias de las últimas producciones exploran el amor y la desilusión sin idealizaciones.

Las relaciones sentimentales son una construcción, con periodos de monotonía y otros de recreación, con momentos para abandonarse a la pasión y otros para detenerse y pensar en “lo que construimos”, como lo llama Natalia Lafourcade en la canción que suena en los créditos finales.

Entonces nosotros también brinda sorpresas al espectador, especialmente con su final. Una tendencia que se viene dando en filmes costarricenses y que reflejan las realidades de sus creadores, personas que pasada la treintena encuentran que viven en un mundo intermedio: no han llegado a la vejez, no son adolescentes y el marco de referencia de sus progenitores no es el de ellos, el país ha cambiado y su cine lo está reflejando.


sábado, 7 de mayo de 2016

Ixcanul. Realidad indígena expuesta al mundo






 
Dirección y guion: Jayro Bustamante
Cinematografía: Luis Armando Arteaga
Edición: César Díaz
Dirección de arte: Pilar Peredo


Elenco:

María Mercedes Coroy como María
María Telón como Juana
Manuel Antún como Manuel
Justo Lorenzo como Ignacio
Marvin Coroy como Pepe


Una joven de semblante serio observa hacia la cámara, su mirada penetra en el espectador, el primer plano se mantiene varios segundos y ella no cambia su gesto, no dice nada, pero a la vez cuenta toda su vida, está ahí, en lo profundo de sus ojos que reflejan ese mundo exterior del que solo se escuchan sonidos de campo y del que ella es víctima.

La joven se llama María (María Mercedes Coroy), su madre le está vistiendo para recibir a su prometido. Entre ambas han cocinado un almuerzo que forzará una unión; el novio y su familia llegan, todos beben, comen y ríen, pero María sigue con su inexpresividad que abarca todo el encuadre.

La primera parte de Ixcanul (volcán en la lengua maya cakchiquel), primer largometraje del guatemalteco Jayro Bustamante, explora con movimientos lentos de cámara el mundo en el que vive María junto a sus padres, Juana (María Telón) y Manuel (Manuel Antún). Indígenas mayas que trabajan en las plantaciones de café, en las faldas del volcán Pacaya a unos 47.5 km de la Ciudad de Guatemala.

La historia es una etnografía visual en movimiento de las condiciones de vida de los indígenas mayas, sus costumbres, trabajo, vicios y obligaciones. Con ritmo descriptivo Bustamante intercala planos abiertos con los que contextualiza al espectador sobre el espacio en el que se desarrollan los hechos, con primeros planos que introducen los elementos narrativos: la búsqueda de María para huir de su destino y tener control sobre su cuerpo.

Con interés inquisitivo la joven de 17 años observa a unos cerdos copular, su inminente matrimonio con el capataz de la finca implica una sentencia para su virginidad. En medio del conflicto está Pepe (Marvin Coroy) un joven trabajador con problemas de alcoholismo. María transgredirá, por primera vez, la tradición y leyes de su pueblo con el joven, como un intercambio para que él la lleve hacia los Estados Unidos, un sueño tan imposible como ingenuo.

Entre las muchas virtudes de la película, destaca la sencillez con la que Bustamante va desarrollando el argumento, que para nada es simple. Una puesta en escena minimalista que aprovecha los asentamientos naturales al igual que los sonidos, no hay banda sonora, para meter de lleno al espectador en una historia apabullante, que cada vez se torna más compleja y más decidida a erigirse como canto de denuncia contra la opresión del indígena, la situación de vulnerabilidad de las mujeres y la inoperancia de un sistema político que los ha abandonado.

Todas estas intenciones se resuelven desde lo simbólico, partiendo de diferentes elementos naturales con los que se explican los estados internos de los personajes y la relación de estos con el espacio, tanto el inmediato, la finca y los alrededores del volcán, como con la ciudad, que durante toda la primera parte está fuera de campo, pero presente en las ilusiones de María y Pepe.

El volcán es omnipresente, sea a través de planos que muestran su imponente tamaño frente a las personas, o con ese maravilloso diseño sonoro que transforma retumbos en una especie de murmullos que atraviesan los cielos para hacer recordar su presencia. En otros momentos parece que emite rugidos de atención: vigila y acecha lo que María hace.

Tierra y polvo también están presentes, los ennegrecidos alrededores del volcán, los polvorientos caminos por donde pasan trabajadores con la leña o donde yace una vaca. La tierra que escarba María, su segunda transgresión, que revelará el terrible crimen que se le cometió.

El viento que agita ramas cual presagio de los eventos que van a sucederse, o el humo que esconde rostros, y navega por el aire, metáfora de la confusión interna de la protagonista.

En otras secuencias es el fuego que se hace presente, agitación y miedo se convierten en un incendio tan devorador como ineficiente, el volcán ha dictaminado el destino de María. O al menos así lo interpretan, el sincretismo de creencias es otra constante: guiados por un líder espiritual, practicando costumbres ancestrales, entonando cánticos católicos o confiando en los productos que vienen de Estados Unidos.

Si la cámara captura la belleza del paisaje, el montaje y guion permiten adentrarse en el drama social que día a día viven los indígenas, marginados en su propio país, con ausencia de las condiciones básicas de salubridad.

Con una sutileza pasmosa, considerando que es una ópera prima, Bustamante va cargando de capas el filme, haciendo de Ixcanul un monumental testamento que retrata las injusticias y desidia contra los indígenas.

A manera de premonición, una enfermera llega a hacer un censo al hogar de María, pronto se descubre la barrera del idioma que presagia lo que vendrá.

Conforme las acciones se trasladan a la ciudad, el ritmo se acelera. En un estupendo plano secuencia, con cámara al hombro, se filma una vertiginosa acción, padre y madre corren por las calles de Ciudad de Guatemala, buscando llevar a su hija al hospital tras ser atacada por una serpiente.

El choque de tradiciones e ideologías es evidente a lo largo del filme, no solo entre los habitantes de la ciudad y los indígenas, sino también entre hombres y mujeres. El mundo patriarcal se vive como un encierro, en el que una mujer no decide con quién casarse o no tiene autonomía sobre su cuerpo.

El contraste femenino, está en la relación entre madre e hija y en esas hipnotizadoras escenas dentro de un temascal, en la que ambas mujeres cumplen rituales milenarios, desnudas, libres de toda impureza del hombre y de la ciudad, unidas en sentimiento.

Ixcanul le muestra al mundo entero una realidad guatemalteca, cuyas autoridades no pueden seguir ignorando. En años recientes se modificó la ley sobre adopción de menores, y en el 2015 se reformuló la ley para impedir que jóvenes adolescentes se casen, la nueva edad quedó fijada en los 18 años. Cambiar la mentalidad patriarcal y machista, va a costar más tiempo y más leyes, pero sin duda es algo en el que todos deberán trabajar.

María Telón, Jayro Bustamente y María Mercedes Coroy. Ixcanul ganó el Oso de Plata en la Berlinale